Resoplidos sin aire y sin sonido
Copyright © Juan Montoya López . Murcia, 2006, RPI nº 08/2006/208
Depósito Legal: MU-817-2006
I.S.B.N.(13) 978-84-611-0398-0 /I.S.B.N.(10) 84-611-0398-X
Copyright © Juan Montoya López . Murcia, 2006, RPI nº 08/2006/208
Depósito Legal: MU-817-2006
I.S.B.N.(13) 978-84-611-0398-0 /I.S.B.N.(10) 84-611-0398-X
ESCRITOS
"resoplidos
sin aire y sin sonido"
ÍNDICE (dos libros en uno)
"Como un juego maldito"
Prólogo
1ª Parte: Tomándoselo un poco más en serio
2ª Parte: El enemigo de mi juventud
Grietas saladas
Paradoja del maníaco y el yonki
Palomas
La mariquita y la cocaína
Qué hacer
La carta de la manteca
Nueces
So danço samba
3ª Parte: Cosas de humanos
Mimando el mundo
Mimando el mundo (segunda parte)
No es lo mismo
Descripción (Autorretrato)
Se llamaba Helena (Soñé Helena)
Arañas
4ª Parte: Aguas saladas
Apéndice
Penetraciones profundas
"Ensalada de influencias"
Prólogo
Julián Moncola
Memorias de un gordo egocéntrico y drogadicto
Mosquitos
Las drogas, yo y los americanos
Atrás
Como un juego Maldito
Juan Montoya López
1997-2006
Prólogo (a un proyecto de catálogo)
Quizás sea pronto para una antología de Montoya, para hacer ya una recopilación de mi obra, cuando acabo de salir de los veintitantos y empiezo a hacerme a la idea, cuando me preguntan la edad, de decir treinta. No sé si me estoy precipitando, si es pronto, pero quién le dice que es pronto al que se enamora cuando es niño, qué pasará mañana; bien podría pasar una paloma de metal americana de la paz y cagar por error un misil, o una bomba musulmana en la puerta de mi casa, de la que apenas salgo últimamente. Y es de eso de lo que quería hablar: No salgo de mi casa a penas porque estoy en cuarentena. Si leen el texto, a parte de ver las fotos del catálogo, comprobarán que hay un antes en mi vida, mi vida que es la que está más o menos reflejada en el catálogo, y una vida después, que es la que estoy viviendo ahora; un punto de inflexión, una recuperación, como dije, una cuarentena. Si lo que yo he pasado no es un hábito y es una enfermedad, he estado muy malico y tengo que recuperarme, ¿cómo? Borrando números de la agenda, evitando antiguas amistades, eliminando malas compañías, contacto nulo con el dinero, salir lo justo y en horas decentes, a ser posible acompañado, etc, etc. Y todo esto lo hago porque me compensa ¿A qué límite habré llegado para ahora querer llevar esta vida? Pues miren, lo que yo he pasado, que podría haber sido peor (hay gente que cae más bajo), no se lo deseo a nadie, y mucho lo he de odiar para que yo le desee tamaña desgracia a un ser.
Gracias a lo que sea, a Dios, a mis padres, a mi familia, a mi fuerza de voluntad, o al azar, o a yo qué se, parece que voy teniendo suerte y la cosa no se tuerce. Espero con este catálogo entretener, divertir, amenizar, incluso ayudar a aquellos en cuyas manos caiga, es el fruto de mi trabajo sincero y la apertura de mi corazón al mundo. Espero que lo disfruten.
20-Diciembre-2005
Juan Montoya López
Ese soy yo con veinte y pocos años, quizás veinte o veintiuno. Era un chico muy deportista, sano a todos los niveles, moral, de salud y sin vicios. Bueno, hacía poco que había empezado a fumar tabaco, algún porro caía, pero poca cosa. Estaba en primero de Bellas Artes en Granada. Los tiempos de niñez empezaban a quedar más lejos y aunque sufrí bastante a causa de un brote psicótico, fruto de una acumulación de depresiones desde los trece hasta los diecisiete años, momento en el que exploté, era feliz porque estaba estudiando lo que me gustaba y me habían retirado la medicación por la mejoría de mi enfermedad. Siempre había destacado por mi habilidad para dibujar y pintar, y aunque me di cuenta en la facultad que yo no era el único, sí noté que era uno de los mejores de la clase. Siempre he pecado de perezoso y por ello nunca me dieron matrícula de honor, pero sí me daban sobresalientes; por lo menos en este primer año, puesto que poco a poco me fui metiendo en un mundo que me daría más sufrimiento y empezaría a faltar a las clases y por lo tanto de sacar sobresalientes. Pero nunca dejé de pintar. Más adelante, en la segunda parte hablaré de este mundo mediante relatos ficticios que explican de alguna manera cómo es este mundo a partir de mi experiencia en él. De momento disfruten de las pinturas de mi primera etapa:
aeiou
enchufe
naked-beans
intento de suicidio
1
Antes de introducirte en la lectura de este documento quiero remarcar un asunto, y es que he comenzado a tutearte y lo seguiré haciendo puesto lo que voy a narrar a continuación no es un simple diario o exposición de ideas. En estos momentos estás adentrándote en mi ser, dentro de mí, vas a conocer (aunque sólo sea parcialmente) mis más íntimos pensamientos y a la persona que soy, o la que yo, al menos, creo que soy. Por ello, si tienes éste privilegio, creo que tengo razones suficientes para permitirme esta licencia.
Acababa de acostarme y había encendido el televisor de mi habitación cuando he comenzado a pensar. Tras ello, he traído a mi mente el recuerdo de un fragmento de película, de la que no recuerdo claramente su guión. Sin apenas darme cuenta, comencé a hacer una asociación de ideas encadenadas. La típica sucesión de ideas que surgen cuando vamos a quedarnos dormidos, con la diferencia que yo lo hacía mientras miraba el televisor encendido.
¿Cuántas veces hemos recordado una experiencia antes vivida porque hemos oído una canción, percibido un olor o una imagen?. Cuando nos referimos al hecho de recordar una experiencia por medio de la asociación de percepciones sensoriales, estoy intentando relacionarlo con el condicionamiento de Paulovsky: Un perro en una habitación, un timbre y una trampilla por donde se introduce un recipiente con comida. Cuando el timbre suena, alguien introduce por la trampilla un recipiente con comida. Tras varias repeticiones de ésta acción, el perro termina por asociar el ruido del timbre con la idea de comida, idea que es reconfortante para el animal. Por lo que cada vez que suene el timbre, el perro mostrará una actitud alegre. Una experiencia vivida (comida), que tiene una repercusión en el estado de ánimo del sujeto, asociada con una percepción sensorial (timbre) hace que tras una serie de repeticiones de esta secuencia, el animal asocie directamente un tipo de percepción sensorial determinada, con un hecho que le hace sentir de un modo concreto. Esto hace que tras la estimulación sensorial, el sujeto muestre directamente un estado de ánimo sin necesidad de revivir dicha experiencia vivida.
Repasando lo anterior, este estado de ánimo se produce porque primero hemos asociado algo percibido por los sentidos con un hecho, y este hecho nos hace presentar un estado de ánimo cualquiera. ¿Por qué se asocia el hecho con la percepción sensorial?. Esto se debe a que el hecho coincide en el tiempo con la percepción sensorial (se dan al mismo tiempo). El sujeto presenta un estado de ánimo cuando es estimulado sensorialmente porque ha habido una asociación del hecho con dicha percepción sensorial.
ÿsta asociación puede darse en dos casos: bien porque la coincidencia entre el hecho y la percepción sensorial ha sido repetida periódicamente; o bien porque simplemente se ha producido la asociación sin la necesidad de ninguna repetición de éste fenómeno.
Si la asociación se produce como en el primer caso, nos encontramos ante un caso de conocimiento empírico.
Si la asociación está incluida en el segundo caso, hay dos maneras de que se produzca: que el estado de ánimo derivado de la experiencia vivida sea excepcional (destaca del resto de estados de ánimo). Este estado de ánimo puede ser agradable o todo lo contrario, pero es importante que sea claramente diferenciable. O puede que la asociación haya ocurrido simplemente porque sí, sin que el estado de ánimo derivado de la experiencia sea destacable. En este ejemplo, estaremos ante un caso de inteligencia racional.
2
Después de materializar mis pensamientos con la tinta del bolígrafo sobre el papel cuadriculado de una libreta de apuntes, apagué la televisión. Me quedé en penumbras, lo único que iluminaba la habitación era la luz de la luna (hacía ya un par de días que fue luna llena, pero aún era lo suficientemente luminosa como para ver en la oscuridad), encendí otro cigarrillo, le dí una generosa calada y tras unos minutos más, lo apagué y me quedé dormido sin casi proponérmelo.
Arriba
Atrás
3
Acabo de estar en mi coche, a los pies de una montaña solitaria, erigida en medio de una llanura, rodeado de piedras volcánicas y vegetación típica de mi tierra: arbustos de esparto, palas y toda clase de plantas mediterráneas. Tenía como fondo al mar, y la luna (o lo que quedaba de ella) iluminaba con sus últimos reflejos la superficie del agua.
Estaba escuchando en la radio un programa de los "cuarenta" que trataba de sexo. En el aire se encontraba un joven que exponía su problema:
Soy un chico de dieciséis años, cuyo problema es el siguiente: vivo con mi padre. Sale con una mujer bastante más joven que él (obviamente mis padres están separados). La otra noche, acababa de ducharme y cuando me disponía a salir de la bañera, ella se encontraba en el baño y empezó a mirarme de una manera extraña y me dijo que qué era lo que tenía ahí. Yo le dije que por favor, saliera del baño, que yo no quería nada con ella.
¿Estás seguro de que realmente se te ha insinuado?, pues es posible que hayas malinterpretado un comentario o una acción, o simplemente sea tu propia versión de lo ocurrido -dijo un voz femenina-.
No, estoy completamente seguro de esto, y ella se me ha insinuado con toda seguridad.
Bueno, pues...si realmente estás seguro de ello, lo más acertado es decírselo a tu padre, aunque ésta es una decisión muy personal que debes tomar tú, y yo no quiero influir en ello...
Pero si se lo digo a mi padre -dijo el chico- seguro que se enfadan, y está claro que no quiero que eso ocurra.
La verdad, hay tantas posibilidades de hacer una u otra cosa que me resulta un tanto incómodo aconsejarte en este tema. Pero si yo fuera tú, sin duda se lo diría a tu padre. Asegúrate antes, de la certeza de tus suposiciones, si estás seguro de que se te insinúa, díselo.
Vale, gracias...ha..hasta luego...
Muy bien, adiós. Tras esta llamada, vamos a leer la carta de Carlos de León que nos escribió hace ya unas semanas.... -y en este momento dejé de prestar atención a la conversación para centrarme en la perplejidad que sentía tras el consejo de aquella voz femenina. A lo largo de la conversación, me sorprendía cada vez que ésta daba un consejo, pues sus ideas no coincidían con las mías-.
En ese momento me dieron ganas de marcar el número del programa y dar mi consejo al joven que había llamado. Cosa bastante improbable, por la dificultad de que el teléfono no comunicara (habría decenas de personas, seguro que más de cincuenta, en toda España, intentando exponer su problema. Cuando lo que yo quería era simplemente dar otro punto de vista al asunto de este muchacho. Además, desconocía el número del programa...
Respecto a lo que dijo el joven, por supuesto que su padre se pelearía con su pareja, pero no sólo eso, es muy seguro que éste tomara represalias contra su hijo. Represalias que se percibirán en el trato día a día. En mi opinión, no es una buena opción la de decírselo. Lo primero es que ésta no es una cuestión sexológica, es más bien un problema de tipo moral y ético. Aún así, si yo estuviera en ésta situación, jamás se lo diría. Antes de nada, intentaría hablar seriamente con su pareja. Si no funcionara, porque parece no dar resultado y lo único conseguido es que se siga insinuando (cosa bastante probable), debería recurrir al consejo profesional de un psicólogo o asesor familiar. Incluso a la ayuda de un buen amigo del que estimemos su buen juicio. Del que sabemos que obtendremos una opinión sabia y sensata. Pero jamás decírselo al padre, pues si está con esa mujer, es porque la quiere o simplemente la estima o siente deseo sexual (o las tres cosas), lo que conseguiremos, si se lo decimos es que no nos crea y se enfade con nosotros gracias al comentario grosero del nene (¿Cómo va el mierda éste a conseguir que mi chica sienta ganas de liarse con él?, será maleducado, ¿pues no ves lo que me ha dicho?) o que te crea y piense que su hijo es un cabrito que ha intentado liarse con su pareja y además tiene la cara de venir a contártelo; o simplemente sabe que la tía esa es capaz de liarse con todo lo que se mueva. Pero lo seguro es que se va a sentir incómodo contigo, y esa incomodidad se va a notar en el trato diario.
Quizá tu padre es una persona comprensiva y tienes una buena relación con él, en ese caso, si estás seguro de que no va a tomar represalias contigo, pues confía en ti y sabe que liarse con su pareja no es propio de su hijo, se lo diría. Pero es imposible dar consejos en este asunto, es un tema muy personal y cada uno conoce a su padre lo suficiente para saber si se lo puede contar o no. Es algo que tienes que resolver por ti mismo. Lo único que yo puedo hacer, sin conocer a tu padre, es sopesar los pros y los contras que puedan surgir si se lo dices.
Grietas saladas
El virus comenzó a manifestársele primero en los labios, a modo de burbujas de herpes que le tapizaban el labio superior y el inferior hasta la barbilla. Tenía que beber el líquido con una pajita. Si bebía directamente del vaso se le caía el contenido por ambos lados de la boca. Lo mismo ocurría cuando utilizaba una cuchara con la sopa, pero no era solo eso, además corría el riesgo de que el herpes se le contagiara por dentro del cuerpo, llegando a sus pulmones, produciéndole la muerte.
Sintió ganas de cortarse el cuello.
Las manos y articulaciones comenzaban a agrietarse como la goma de unas gafas de buceo que han sido utilizadas muchas veces bajo el mar y jamás se les ha quitado la sal. La sangre brotaba de sus dedos cuarteados.
Los vómitos eran algo casi diario.
Volvió a sentir ganas de cortarse el cuello, o de envenenarse.
Las pomadas que le recetaban los médicos no hacían nada y los esteroides le sentaban fatal. Estaba desesperado. Cogió el coche y condujo hasta el mar. Su mar era un mar muy salado, una laguna de agua y sal con salinas por todo alrededor. Se bajó del coche, se desnudó y corrió hacia el agua. Siguió corriendo cincuenta metros hacia el fondo y se sumergió. El escozor era peor que la quemazón de las agrietaduras. Era una tortura. Creyó que iba a morir, pero era tan sólo dolor y sólo dolor. Poco a poco el escozor comenzó a remitir y continuó bañándose apaciblemente, disfrutando de una sensación de alivio. Ya no le molestaban en absoluto sus manos y articulaciones agrietadas. Fue maravilloso sentirse al fin libre. Salió del agua y dejó que el sol secara su piel.
Milagrosamente sus grietas comenzaron a cicatrizar y el herpes dejó de extenderse. Continuó repitiendo estos baños que fueron siendo diarios. Hasta que mejoró por completo. Aliviado de su enfermedad empezó a amar su mar y las propiedades que tenía para sanar con sus aguas.
La gente se meaba y se cagaba en este mar. Los residuos de la agricultura iban todos a él. ¿Era la mierda lo que hacía esta agua una panacea? Realmente no lo sabía. Desnudo como estaba, se puso en posición fetal y echó un zurullo por detrás. También se meó a la vez que cagaba. Se limpió el culo con las manos en el agua y le dio las gracias a su mar por haberlo curado.
Arriba
*
* *
Desde que tengo memoria recuerdo a Paco. ÿl siempre me habla cosas agradables acercando su boca a mi cara, susurrando. Me cuenta su vida, lo guapa que soy y también me dice que algún día yo haré algo muy importante para él; por eso me cuida con tanta pasión. Yo creo que está enamorado de mí, aunque tiene novia; es un cretino porque dice que yo soy la única para él. No tengo celos de su novia porque Paco me quiere de otra manera. A mí me dice cosas que no le dice a ella. Se podría decir que de momento nuestra relación es platónica (no hay sexo), pero estoy segura que cuando cumpla la mayoría de edad, me comerá entera. Yo sé que está esperando a algo y yo creo que es eso, tengo que madurar. Yo no sólo lo quiero por lo que me dice, también me cuida, me da de comer y vivo las 24 horas con él; no me deja salir a la calle ni que me vean los vecinos. Podríais pensar que por qué no lo denuncio, pero no lo entendéis, él es bueno, me quiere. Si no me deja salir a la calle es por mi bien (y por el suyo, dice él). Tiene a otras en su piso, pero no son como yo, a mí me quiere de verdad. Ellas tampoco salen a la calle, pero sí salen a la terraza, de hecho se pasan allí casi todo el día, viendo y oyendo el tráfico de la ciudad. Pero a ellas no les dice las cosas que me dice a mí. Y si no salgo tanto a la terraza es, según paco, porque la gente no está preparada para mi belleza.
Si me aburro oigo música agradable. La que más me relaja es la clásica, aunque a Paco le gusta el reggae y es casi lo único que oigo. Me gusta Bob Marley; dice mi amor que yo también hubiera enamorado a Bob, si aún estuviera con vida. ¡Yo también lo hubiera enamorado!, osea que Paco me quiere. Siendo tan guapa como dice que soy, tengo que hacer algo el día de mi cumple para enamorar del todo a Paco y hacer que deje a su novia y a su fétido haliento a tabaco (cuando acerca su cara para decirme algo, yo me estremezco). En cambio cuando Paco me habla, disfruto de ese olor a cáñamo que tiene su voz.
El verano ya casi ha pasado, mi cumpleaños está cerca, estoy deseando ver la fiesta que preparará Paco en mi honor. Mis atributos sexuales se están desarrollando, empiezo a oler a hembra. Mi amor ya casi no hace caso a su novia, sólo tiene ojos para mí. Dice que le vuelve loco mi olor, pero la relación sigue siendo platónica. No veo el momento de que llegue mi cumpleaños. Espero que ese día me deje salir a la calle para que la gente me conozca (si soy tan bella como dice Paco, tendré éxito). Me gustaría que me llevara al campo y conocer la naturaleza. Desde que nací llevo encerrada en este piso. ¡Ya sé!, le voy a pedir a Paco como regalo de cumpleaños que me lleve a la sierra.
Paco se acercó a su amor con un cuchillo de sierra en la mano y le dijo: ¡Felíz cumpleaños, María!
-¡Llévame al campo!- exclamó María mientras Paco empuñaba el arma- ¿Qué vas a hacer, Paco?- Aulló.
Empuñando el cuchillo cortó de cuajo a María.
-¡Noooooooooo!, ¿Por qué me haces esto?- Sollozaba la planta.
Mientras María se iba muriendo, secando, paco se fumaba un canuto de maría con su novia.
*
* *
Salió del mar, se quitó las aletas en la orilla y se dispuso a echarse en las rocas. Todo un mareo le recorrió por la cabeza y un líquido caliente comenzó a brotarle de las orejas. Se estaba a gusto allí en el mar, pero ese mareo le hizo sentir cierta incomodidad. El líquido que le brotaba de los oídos se amontonaba sobre las rocas calientes. El líquido estaba lleno de partículas que se movían frenéticamente. Eran minúsculas larvas que se agitaban incesántemente. El mareo era cada vez mayor. Empezó a vomitar agua de mar.
Algo había pasado bajo el agua mientras estaba buceando y no sabía explicar qué. Tenía el recuerdo de haber estado buceando cerca de una cueva y después se encontraba en la superficie. Juraría que había sido él quien salió al exterior pero en su memoria faltaba un trozo que no podía recordar. "Quizás perdí el sentido al golpearme con alguna roca", pensaba. Pero si hubiera perdido el sentido bajo el agua es muy probable que hubiera muerto, buceando a pulmón y sin compañero de inmersión, la muerte hubiera sido lo más seguro. Sucedió algo en el momento que entró en la cueva que no podía recordar.
Volvió al agua para quitarse el traje de neopreno cuando sin darse cuenta comenzó a bucear desnudo, sin gafas. Era tremenda la agilidad y la capacidad para desplazarse por los fondos marinos, sin aletas, sin gafas y con una visión nítida. El tiempo de apnea había aumentado considerablemente, podía hacer más cosas bajo el agua, más rato y necesitando salir a respirar menos veces. Era increíble lo que le estaba sucediendo. Algo ocurrió en esa cueva que le hizo cambiar.
*
* *
-¿Tú puedes tocar la harmónica con el culo?
-Nunca lo he intentado.
-¿Por qué?
-Porque si la tocara con el culo, luego me mancharía la boca de mierda.
-Ah; pero, ¿es que no te limpias el culo?
-Sí, pero después de cagar siempre se me unta, y el papel no lo quita todo.
-Acabas de demostrarme que eres un guarro.
-¿Por limpiarme el culo mal?
-No, porque yo me refería a limpiarte el culo antes de tocar la harmónica.
*
* *
-El perro es un animal muy fiel.
-Eso no te lo discuto, pero el gato es mejor animal de compañía.
-¿Por qué lo dices?
-Pues porque son mucho más limpios y necesitan muchos menos cuidados que un perro.
-Eso sólo lo piensan las personas que les asusta la responsabilidad.
-O los que son prácticos.
-Un perro te hace mucho más compañía que un gato.
-¿Tú crees?
-Sí.
-Eso lo dices porque nunca has tenido un gato.
-Mi hermana tenía un gato y yo lo maté.
-Eso lo explica todo. Los que tienen perros sólo los quieren para cazar o para buscar droga, hacer peleas de perros...
-...Ayudar a los ciegos a guiarse por el camino, defender las casas, hacer compañía a personas con problemas...
-Los gatos también son usados para hacer compañía a personas con problemas.
-¡Los monos también!
-¡Pero estamos hablando de perros y gatos!
-El perro es el mejor amigo del hombre.
-El hombre es el mejor amigo de sí mismo.
-Eso no es cierto.
-Bueno, me refiero a que el mejor amigo de un hombre es sí mismo.
-Tampoco es cierto.
*
* *
Arriba
-Lo que más me gusta de bebida es el zumo de naranja.
-A mí me gusta el gin-tonic.
-Bueno, a mí me gusta también el gin-tonic, es mi bebida preferida.
-¿No decías que era el zumo de naranja?
-Eso es por las mañanas. Por las noches me gusta el gin-tonic.
-Y por las tardes.
-Y por las tardes.
-Tú lo que eres es un borracho.
-Y tú un hijo de puta.
-Yo no soy un hijo de puta, es más, mi madre nunca fue puta.
-Profesionalmente.
-¡No sabes lo que dices!
-Perdona; no tiene nada que ver que tu madre fuera puta o no profesionalmente, o que le gustara follar con el butanero. Imagina que tu madre fuera la persona más casta de la tierra: tú seguirías siendo un hijo de puta.
-¡Y tú un puto borracho!
-Déjame terminar. Tu madre será una santa, pero tú sigues siendo un hijo de puta.
-¡Borracho!
-Bueno, bueno, lo siento. Me ha molestado que me dijeras borracho, perdona si he herido tus sentimientos.
-No me vuelvas a decir hijo de puta.
-Vale (pero te jode porque sabes que es verdad) ya no te vuelvo a llamar eso.
-OK y yo no volveré a llamarte borracho.
-Vale, pero piensa un momento ¿No nos hemos puesto así porque en realidad pensamos que lo que nos hemos dicho eran verdades crudas y puras?
-No, nos hemos puesto así porque hemos dejado que unas palabras nos hirieran.
*
* *
Roxanna, no tienes que vender tu cuerpo a la noche. No tienes que vestir ese vestido rojo, ay! Rosana, cómo techo de menos, pon la luz roja, que en cuanto más roja, mas colorá mensepone.
*
* *
-Ahora que llega mi muerte, seguro que ya me has perdonado...
-...nno, no, todavía no te he perdonado.
-Calla cabrón. Yo se que tú ya me perdonaste.
En nuestras vidas
yo soy como el sastre
que cortando
por un lado
y cosiendo,
haciendo remiendos
influí en tu entendimiento.
Yo te siento
pero tú me comprendes,
me entiendes
y sientes
mis movimientos;
es porque me conoces.
Entre tú y yo
hay entendimiento,
yo te siento
pero tú me comprendes
y no me ofendes
porque me quieres
y yo te quiero.
*
* *
Un día me levanto y veo que ella también está despierta, la acaricio y me sonríe. Ella siempre me sonríe poniéndose más dura y cabeceando de arriba a abajo. Esta noche tampoco me he podido correr en sueños. Ya empiezo a olvidarlos, posiblemente porque ya no me parecen pesadillas. Los petardos siguen explotando en mi boca, y sigo buscándolos. Busco el petardo en el fondo del vaso, los busco en lo campano, en los huecos de mi casa, en el diazepam que me pongo debajo de la lengua. Ya no me dura tanto el efecto, me lo pongo debajo de la lengua. Está amargo pero sé que me alivia. Me alivia pero no es un petardo achilipunero. Es otro tipo de petardo, busco el petardo en la botella de pepsi y en la leche condensada del bombón. Le doy caladas superpotentes a mis cigarrillos liaos, que los lío con mucho amor; como si cada uno que lío fuera el primer petardo que explota del día. Ya no me gustan los cigarrillos, pero me gusta calmarme el mono, me gusta o creo que me gusta. Me gusta ensuciarme los pulmones, o creo que me gusta.
Ya no me queda diazepam, creo que voy a ir a lo campano. Creo que voy a plantar más niñas. Las niñas necesitan muchos cuidados para que luego las consuma en un momento. En un momento dado. Tanta energía gratis desperdiciada, energía eléctrica. Energía lumínica que se convierte en thc. tetra-higo-conductivo. ¿has comido alguna vez higos?, a mi los que no son chungos (de pala) me hacen cagar. el tetra-higo-conductivo me produce un efecto laxante en mi cerebro que me descongestiona del extreñimiento que me producen las pastillas. Busco en el cajón y encuentro otra pastilla de diazepam. Salvo que esta no es azul, es amarilla. azul, 5 mg.;blanca 2 mg.? amarilla 10mg?, o era la blanca 10mg y la amarilla 2..... No sé, voy a terminarme la botella de Larios y me la trago a ver que sueñño me entra.
mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm rico, rico, duermo, río y sueño. Para siempre.
Puto loco, siempre jugando con drogas. Médicas, sintéticas, parapléjicas, paradójicas. Que no me dejan, que no las puedo dejar porque si no, me vuelvo loco.
Arriba
*
* *
la bruja con piel de calavera
Ma, ma, ma macedonia. Makedonia
Sidonie, molinie.
Pringa la pringa lata, latunera.
pingua la pingüe pinga
para pro para pa pai
dejo ya de hacer juegos sonoros que ya casi me ahogo de pensar en lucientes y caminos, vermejos y apabullados balbuceo: ¡soltadme el huevo! carajo, que no rajo, ni el melón. Por no herirlo. Me despastillo y mira qué bueno, ha nacido un grillo. Que me atormenta, me atormenta y me despierta. Me duele la cabeza. ¡pero si antes los grillos me adormecían! y el melón me sabía a sandía. Y la sandía a melon y tu piel a jamón. Melón con jamón. con jamón de sandía. SAndía que sabe a melón. Puesto que melón es la sandía. Te quiero. Melon. Melón te quiero y me gustan los limones de tu arbol, zapatones. Una bruja qués bruja y te quiero. Limones con canela. Leche criá con esmero. Arroz con leche y con canela. Quiero leche a tu vera, a tu lado. Dame otro bocado y prueba. Prueba mi carne en sangre. En sangre a tu vera. Duermo y esperas, esperas a que no me despierte. Que me despierte en vela. A tu vera.
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Hola hejou lejou jelou, molokotou, molokotov, moklovotón, malaklovoton, espekulationatov, majelisnikov, makalawiniski, peruchi, chichín, chinao, netagüer, malauer, esprendiskiova, naturishchitola, perindola, pirindola, mirinda, trinaranjus, cholek, gusanitos, pesicola, matutano, mahou, tortilla de patatas, palillos, aceitoso, oleaginoso, pringoso, salado y a domingo, domingo de tómbola y de fiestas en mi pueblo. Suena la banda, fiesta, música, ambiente y tómbola. Muñecas, pistolas de cowboy, jarrones de cristal, juego de dados con cubilete, papeletas rotas por el suelo, ¡cuanta gente! son las fiestas de mi pueblo.
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Paradoja del maníaco y el yonki
Había una vez un maníaco, fumaba polen y no podía dejar de fumarlo, el mono psicológico le podía. Era maníaco no porque quisiera dejar el polen, el no fumaba por aquel entonces, era maníaco porque estaba pasando una crisis maníaca, aunque estaba siendo controlado por su médico.
Una mañana en el centro de salud mental, el maníaco sale a la calle a fumarse otro pitillo. Dentro y fuera, los yonkis del centro, piden dinero y cigarrillos a los enfermos mentales y familiares. Hay un yonki gitano sentado a la entrada.
-Hola, qué pasa-le dice el maníaco
-Ná, que tú te cree que tengo que esperar a la doce y media pa que me den un pico.
-Pos si hay que esperar, se espera-el gitano hizo un gesto de haber comprendido la simpleza del asunto, y que un payo mucho más joven que él (un crío y loco) se la mostrara
-Dame argo pa tomame un café-
-dinero no te puedo dar (o no quiero) ¿quieres fumar?, ven-Saca el maníaco un paquete de golden virginia del coche en donde estaba su padre y le pregunta el gitano: "has pagau?"
El maníaco responde con un gesto, abriéndose de manos, como queriendo decir: yo qué se, o qué más da. Se sientan los dos entre la pared y el coche y se ponen a liar sus cigarrillos. El maníaco le pasa el mechero al yonki y se encienden los cigarros liados. Espera. Fumar esperando. El tiempo no existía. El yonki y el maníaco, su padre en el coche, eran los únicos que existían. Al final del cigarrillo, se levantan y entran al centro de salud mental
-qué hora es-pregunta el yonki.
-Las doce-
-¡grasia amigo! ¡adió!
Se fue el maníaco con la sensación de haber ayudado al hombre. Y no volvió a saber nada más de él, hasta el día en que fue al barrio yonkarra de su ciudad a pillar polen. Justo había aguantado 20 horas sin fumar. Allí estaba otra vez el mismo hombre, con mejor cara, justo en un banco enfrente del portón del camello. No se saludaron, pero sabían quién era quién.
Al salir del piso del camello pasó otra vez por delante de él.-¿que tenga que dar yo consejos a un yonki de verdad sobre el mono, cuando yo no puedo estar sin fumar porros? qué paradójico-pensó el maníaco.
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Tristeza profunda, es lo que siento por dentro, ya no soy sincero ni conmigo mismo. Ya no hay nada más dentro de mí, tan solo tristeza y nada más. Solo deseo la muerte, estar alejado de la gente, pero es esto precisamente lo que deseo más fervientemente: estar conectado a la gente. Hermitaño de sentimientos, más y más alejamiento, cada vez me separa una barrera más y más grande. Ya no hay nada conectado, todo se va alejando. Dicen que las energías positivas siempre te sacan a flote, pero mi línea de flotación ya hace varios metros que yace por debajo del mar, del mar de las lamentaciones, del mar de la tristeza, ya sólo quiero morir, alejarme de todo lo que me conecta con la vida. Ya no tengo ganas de vivir, pero desearía tenerlas. Si no muero ya, es por el anhelo a una vida feliz, a una etapa de felicidad. Qué poco dura. Qué rápido que se va la felicidad y como pesa la tristeza. Dejo de ser felíz por descartar las posibilidades que me quedan para ser felíz. Este es el camino que he elegido, o este es el único camino que tengo. Dejo de tener elección, pues al ir eligiendo caminos, solo me queda lo que tengo, lo que estoy sufriendo. Sufro por haber elegido este camino. ¿cómo puedo cambiar de vida, de forma de ser?, cada vez estoy más negativo, menos por menos, más. Más y más triste. Con más ganas de dejar de vivir. Sólo deseo ser felíz, pero la felicidad se va tan rápidamente... Qué es lo que me queda, no veo más allá de mi tristeza, sólo deseo dejar de morir día a día. Quiero morir de alegría. Más por más, más feliz, más feliz de lo que he sido jamás lo seré, pero tan triste como he estado jamás lo estaré. Solo deseo la muerte, la muerte de esta tristeza que pienso que al perder la cabeza, irá desapareciendo. Si me corto la cabeza, la tristeza se separará de mi cuerpo y toda mi alegría en potencia, se escapará con mi alma herida. Córtome la cabeza y adiós a la alegría y a la tristeza, que por no estar ya más triste, he perdido también la alegría. Sé triste y algún día serás feliz. Sé feliz y algún día estarás triste. Quiero cortarme la cabeza para ver qué se siente al morir. Paciencia, que ese día llegará cuando todo esté dispuesto para ello, no aceleres los acontecimientos, que todo llega a su tiempo. Pero pensar en perder la cabeza es lo que más desarrollo en mi cabeza, por falta de felicidad, solo quiero quitarme esta pena. La solución es la pastilla de la felicidad, la nueva droga recetada por tantos y tantos especialistas, de felicidades encapsuladas, son mis psiquiatras que tanto han estudiado acerca de esto. Pero conocen realmente la tristeza de un suicida? o es que un día estudiaron esto y creyeron que lo comprendían? Ya no puedo ir a ningún lado, sin mis pastillas. Mi camello, mi psiquiatra; que me recomienda lo que mejor me puede sentar, lo que me puede hacer más felíz, felicidades encapsuladas y tranquilizantes de colores, son las nuevas cosas que nos trae la vida, las drogas para ser felíz, drogas para que se te quiten las ganas de morir. Esperaré a que llegue el nuevo día, hoy no me quitaré la vida, todavía me queda la esperanza de que encuentren dosis suficiente, para hacerme sentir felíz sin que me sienta demasiado felíz. Porque tan malo es estar demasiado triste, como lo es estar demasiado alegre. Demasiado acelerado, demasiado parado, demasiado normal.
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Palomas
Hace mucho tiempo que no me cae una cagada de paloma en la cabeza. Recuerdo aquel día en que paseaba por la gran vía de mi ciudad y me cayó una rica torta de guano sobre mi reluciente calva. Recuerdo con añoranza las risas de mis amigos, y de la gente de la calle. Ya no hay risas, ya no llueven mierdas del cielo. Daría lo que fuera por tener otra vez la misma experiencia. Blanqueado de paloma. Cagarruta de paloma. Putas palomas que ya no os cagáis en mí, habéis elegido cagaros sobre mi coche. Eso no tiene gracia. Yo desearía que cada una de las mierdas que hay en mi parabrisas estuvieran todas en mi cabeza. Quiero hacer de payaso, hacer reír a la gente. Por las noches sueño con mierdas que vuelan y van a parar a ningún lado. Muevo mi cabeza a un lado y a otro, pero las mierdas parecen no caer nunca. Las veo volar por el cielo, pero nunca las veo caer. Hasta que vuelvo al coche y ahí están todas las mierdas, adornando el capó y el parabrisas. Mosaicos grises y blancos chorrean por las puertas y yo restriego mi calva por todo el coche pero no me mancho, y la gente no se ríe, me miran con ojos de extraños y hacen comentarios sobre mí. No me gusta qué dicen, dicen que estoy loco, yo lo único que quiero es que se rían, pero lo único que consigo es que me vuelvan cada vez más loco. Si estar loco es querer hacer reír a la gente, puede que esté loco, pues ya no sé diferenciar muy bien entre sueño y realidad. Hoy, esta mañana, he ido a por el coche que lo tenía aparcado en la gran vía; la gran vía de las palomas, es una gran avenida con árboles a uno y otro lado, repletos de palomas cagadoras. Las muy putas ya no se cagan en mí. ¿Sabéis lo que he hecho? pues sin saber muy bien cómo, he abierto la puerta del coche para que entraran las palomas y allí se cagaran. Con el pan que acababa de comprar las he hecho venir y allí me he quedado todo el día, en compañía de mis queridas ratas con alas. Por fín me han cagado. Unos señores muy amables me han subido a una furgoneta con muchas luces y cagado como estaba me han llevado al hospital, pero nadie se ha reído. Los de la furgoneta multilumínica tampoco se reían. No llevaba zapatos y tenía todo el cuerpo cubierto de excrementos. Mi pelo ya no era mi pelo, era un casco de mierda. Ya no se ha reído nadie.
Arriba
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Pipa, pipapú
trigo rancio
miel de abel
ajo picantoso
blanco de sábana por la mañana, que al despertar ya no estás y sueño que duermes conmigo. Continuo vibrar de miles de respiraciones nos separan por las noches. Que durmieras como un tronco, junto a mí toda la noche, es el sueño que me visita de dormida en dormida. Miles de estrellas comenzaron a brillar, justo en el momento en que Juan se puso a roncar. Entraba la luz de la luna por la ventana, mirad: lo que se pierde en el aire, es la contaminación del montolla, que me tiene hasta la polla. Esa dulce polla de Lola, que se escurre por entre mis dedos. Contaminaciones nocturnas que no me dejan dormir, no puedo dormir a tu lado. Durmiendo yo, pensando que no hago ruido, a veces oigo mis ronquidos y empiezo a respirar más despacio. Ensoñamiento perdido a tu lado, mientras duermes.
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Después de beber coca-cola me vienen unos eruptos superasquerosos. Vienen del estómago pero se pegan en mi esófago y no quieren salir. Se quedan atrancados en mi garganta y haciendo fuerza para que salgan arrastro lo que tengo en mi estómago, que es coca-cola y sale toda ella en un vómito transparente y negro. Después de fumar porro no hay nada como una buena vomitada de bebida refrescante, toda ella mezclada con los jugos míos internos, qué goce.
Una mancha en el suelo
queda para siempre marcada
en las losas de granito
que hay en el salón de mi casa
Yo lo recojo
no quiero que nadie la vea
mi pota, querida y hermosa
que sale de mi boca pa fuera.
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La mariquita y la cocaína
Una mariquita se posó en mi solapa, en la solapa de la camisa. Lo sé porque fuiste tú quien me lo dijo. En tu camisa hay un bicho, que es una mariquita. Con tus dedos la cogiste y en mi mano la posaste. Qué curioso que teniendo alas nunca echen a volar cuando las coges. Son como los escarabajos. ÿstos también vuelan pero pocos verás volar.
En mi mano estaba la mariquita y sobre ella comenzó a andar.
Desde que era niño no había vuelto a jugar con una mariquita. Y todo porque tú me has dicho que estaba en mi camisa.
He jugado con ella porque tú estabas a mi lado y me sentía importante jugando con este bicho. De repente se ha posado en mi dedo meñique y de un salto ha volado y ya jamás la he vuelto a ver. Sólo quedábamos tú y yo, y el recuerdo de una mariquita.
Cuando me he ido a dar cuenta tú ya estabas en el coche preparándonos dos rayas, las primeras de la noche, que no era noche, sino un día que moría. Con un gesto mecánico y ya sin restos en mi memoria de aquella mariquita, me he sentado a tu lado: "Lolita, yo no quiero cocaína."
-Pero si la hemos comprado a medias, no me vengas ahora con que no quieres cocaína. ¿Quieres que me la meta toda yo solita?
-No-respondí. Y cogí un billete que tú habías enrollado para mí y me metí mi raya, pues la tuya ya no estaba. Te la habías metido mientras yo dudaba.
De pronto dejé de ser yo mismo, para convertirme en una bestia absorbe mocos, que lo único que piensa es en darles un toque de amargor. Amargor de pequeña bolsita, blanca y muy cara. Me dolía ser tan débil, y que con una simple respuesta tuya cediera yo y no me resistiera a la amarga cocaína. Porque todo lo que tú haces es lo que a mí me mola. Me gusta tu forma de hablar, pero no tu adicción a las drogas. Dices que no quieres arrastrarme contigo, a este mundo de decadencia. No me meteré más rayas, todas pa tí, Lolita.
-¿Me invitas a tu parte?
-Sí.
-¿Te crees que yo sola puedo con tanta cocaína? ¿Quieres que me dé un ataque al corazón?
La verdad es que me da pena tirar la mitad de la bolsita. Esta será la última, la última vez que tome cocaína.
-Lolita, te acompaño, pero esta será nuestra última reunión juntos. La última reunión para estas cosas.
-Ya, y el fin de semana que viene, vendrás a llamarme a mi casa para que nos vayamos de rayas.
-NO, Lolita. Esta será la última vez.
De repente me vino a la memoria otra vez el recuerdo de la mariquita, que con un simple salto se perdió para siempre. Desearía ser una mariquita para poder volar cuando quisiera, y alejarme de todos los problemas. Ya me daba más bien igual el ser o no una mariquita, pues lo que más deseaba en ese momento era pensar en la próxima raya pues el efecto de esta última, ya con el recuerdo de la mariquita, se había ido. Estaba de bajón, pero estaba contento porque todavía nos quedaba coca. La coca era lo que me unía a Lolita, la coca y el recuerdo de la mariquita. Todo tan distante. Sólo en coca yo pensaba. Todo tan fugaz, como los efectos de la cocaína, como el recuerdo de la mariquita. No, fugaz era el momento, el recuerdo de la mariquita será ya eterno en mi vida. El recuerdo de mi mente despejada, sobria y sin coca, pero con Lola. El único recuerdo que guardo de Lolita, que estuviéramos los dos juntos y sin tomar cocaína.
El recuerdo de un encuentro fugaz con una mariquita. Adiós para siempre Lola, adiós mariquita, adiós cocaína. Adiós, adiós.
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Qué hacer
Estaba tranquilamente acostado al Sol. Nada había que hacer, tan solo dejar que su calva se calentara con los rayos del astro rey. Un ejército de hormigas transportaba pequeñas semillas y trozos de hojas. Nada había que hacer salvo mirar a esas hormigas trabajar. Se sentó con las piernas cruzadas y trazó una línea perpendicular con su mano a la autopista de hormigas. Al momento las pequeñas jodidas estaban desorientadas, aturdidas. Pero pronto las exploradoras encontraron el enlace de la autovía. Nada había que hacer, salvo molestar a las hormigas atareadas.
Se fue para el coche y cogió una botella de whisky y le pegó varios tragos. Se fue para el hormiguero y lo roció con whisky. Las hormigas.
No era momento de desperdiciar el licor. Nada había que hacer, salvo vaciar el líquido de la batería del coche en el hormiguero. Ahora se morían más rápido. Qué bien. Ahora tenían un nuevo reto, salvar sus vidas y el hormiguero. La reina. Muerte. Ya nada había que hacer, salvo poner el coche cuesta abajo, soltar el freno, pisar embrague, poner segunda y largarse de allí.
Nada que hacer, salvo ser el dios que atormenta con la muerte y la destrucción. Acabar el whisky y llegar a casa, sin nada que hacer. Los restos de un pollo asado vivían junto a tres latas de cerveza (una vacía) dentro de la nevera. Calentar el pollo en el microhondas era todo lo que había que hacer y beberse las dos cervezas. Delante del televisor. La tele apesta. Todo me huele a mierda. Vivo en una pocilga y mi vida apesta. Apagó la tele y el pollo se deslizó del brazo del sofá al suelo. Mierda.
Se fue para el frigorífico y sacó la última cerveza. Estaba fría y era lo único bueno que tenía en la nevera. Era lo único que había en la nevera. Una lata vacía. Dos latas vacías y otra que estaba fría y acababa de ser empezada. El pollo en el suelo esparcía su olor por todo el salón. Nada que hacer, salvo oler ese olor mezclado con el sabor de la cerveza. Un puro. Encendido a golpes chupados. Dejar que el puro se comiera el olor del pollo, no podía aguantarlo. Nada que hacer salvo dejar que el puro se consumiera, que su cerveza se consumiera y que alguien viniera a quitar ese pollo de la alfombra, que apesta.
Ya no quedaba cerveza, solo puro, puro y duro. Púramente solo puro, bueno, y una ginebra solitaria sobre el mueble del televisor. Ginebra y limón, sin tónica sabe mejor. Bueno, sabe mejor relativamente pero como no tengo tónica, me engaño diciéndome que sabe mejor. Nada que hacer salvo escurrir el limón en el vaso de ginebra. Cuanta soledad junto al televisor apagado, y dentro de todo este desorden reino yo, que soy más solitario incluso que ese pollo solitario que yace sobre la alfombra de mi salón. Nada que hacer, salvo contemplar la destrucción, contribuir a ella, vivir con ella. Destrucción, desorden, monotonía, soledad, nada que hacer, salvo...Salvo ¿qué? Salvo respirar, salvo emborracharme, salvo matar hormigas, salvo destrucción y autodestrucción. Nada que hacer, salvo que todo está por hacer, nada hecho salvo lo deshecho.
Aburrición, desolación, destrucción, desechos del camino. Menos mal que todavía me queda...¿Qué me queda? Me quedo conmigo mismo. Vaya una faena, y con ese pollo que es un esqueleto oloroso y la ginebra con el limón. Y mi borrachera continua, pero sin dinero, ni vida, ni puros, ni alcohol. Tantas cosas por hacer que no sé qué hacer. Mejor no tener nada que hacer que tener que hacer algo y no hacerlo. Pero ¿qué tengo que hacer yo? No tengo nada que hacer, pero me queda mucho por hacer. Nada que hacer salvo hacer algo. Nada que hacer salvo ser.
Arriba
Atrás
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Ya todo había perdido sentido a sus ojos. Si no podía dedicarse al arte, ya no se dedicaría a nada más. Había un cutter encima de la mesa. Lo abrió y pensó en lo fácil que sería abrirse las venas. Solamente tenía que hacer una pequeña incisión en una de ellas y dejarse desangrar poco a poco. Se pasó la hoja del cutter por la muñeca y casi no se hizo corte. Volvió a pasar la hoja por el mismo sitio. No se decidía a dar un corte profundo. Se lo haría poco a poco, hasta llegar a la vena. Ya el corte comenzó a sangrar, pero no lo suficiente como para morir.
Quería morir, pero quería que fuera tan fácil como cerrar los ojos y despertar en el más allá. No, con ese corte no iba a llegar a ningún lado. Quizás lo mejor sería ahorcarse, pero no tenía cuerda. Quizás con una cuerda de guitarra. Sí, así la cuerda le cortaría el cuello y si no moría ahorcado, moriría degollado. Pero no, recordó que en su casa había cuerdas. Se fue para allá y enganchó un cabo marítimo en la reja de la ventana y el otro extremo se lo enrrolló al cuello, sin nudo. Y dejó todo su peso sobre su cuello, sujetando el extremo de la cuerda fuertemente con su mano derecha. De repente casi perdió el sentido, la sangre dejó de regarle el cerebro por unos segundos y se mareó. Soltó la cuerda y cayó al suelo casi inconsciente. Se levantó y vio lo fácil que era desear la muerte, pero lo difícil que era el suicidio. Le habían dicho que suicidarse era como tirar un regalo muy bueno a la basura. El regalo de la vida.
Nunca había ido más allá del intento de suicidio, quizás le faltaban cojones para morir, o quizás se echaba para atrás porque pensaba en tiempos mejores y pensaba en su familia. Era navidad y no podía jugarle la mala pasada de morir en estas fechas a su gente. Tenía reales deseos de morir. Paciencia, era todo lo que le hacía falta. Los tiempos mejores todavía podían volver a volver.
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Acabo de videar una peli joroschó, como la que le gustaba ver al crimenhombre, el malchico en la naranja mecánica. Unos drugos cogían a una gachí y le hacían cosas muy buenas, el juego del mete-saca. Ella parecía pasárselo muy bien, a aquella zorra le gustaba todo aquello. Justo hasta el momento que el primer drugo, un tipo achaparratado, le metió el puño, reloj y todo por su agujero de placer. La chati ya no disfrutaba, pero yo tampoco podía disfrutar. Las náuseas eran cada vez más intensas. Me he puesto a teclear y las teclas se quedaban pegadas a mis dedos. Ahora que el semen parece haberse secado, echo de menos cuando las teclas que dicen tu nombre no querían separarse de mis dedos.
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Una caja de ritmos suena al aire. "¡Que gitana que ere!" le chilla un gitano a una chiquilla desde lo alto de un balcón. Cierro el coche con su característico quejido, se queja porque lo cierro, se queja porque lo dejo. Lo dejo ahí, en medio, a un lado, aparcado, en un barrio de gitanos, en un barrio de la droga. Porque allí venden droga y yo venía a comprar droga. Quería ver esta tarde a Domingo "el gordo", que está bien gordo. Todavía me acordaba de la puerta exacta. ¡Mira!: ahí asoma Domingo por la ventana y les grita a unos, nosequé. Los unos asienten todos. Yo prosigo mi camino. Dentro de poco veré a Domingo, aunque él no sepa quién soy yo. Me da la sensación de que no me suelo quedar en la memoria de los camellos, excepto a donde suelo ir, que ya alguna vez los he despistado con mis cambios de imagen. A Domingo lo he ido a ver más bien poco o nada. Mucho al principio y nada después. Por lo que nadie se acordaba de mí. Yo sí me acordaba de Domingo. No de su cara pero sí de su enormez. Y ahí estaban sentados en cómodos sillones. "Quiero veinte euros de polen", digo y miro a los tres. Domingo me señala al de la mesita. La mesita estaba llena, como cuando vas a comprar verduras: lonchicas de polen, coca despendulá, libritos de papel smoking deluxe, pastis, huevos de polen....¡huevos de polen! ¿Cuánto valen?-A cuatrozienta pezeta e gramo-me dice el payo, que más que payo era más bien gitano. Y ése cuanto vale?-quinze euro-pues dáme eso y cinco euros de polen.
Cuando me dispongo a irme, suena el timbre. ¡Espera! me dice el portero. Entra un señor mayor al que todos parecen de respetar. Yo digo: "Hasta lugo" y me marcho con la mercancía para pasar la semana. Domingo, ya te decía tu madre que ibas a ser un tío grande, pero no se refería a tu negocio de verdulería.
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La carta de la manteca.
Estoy harto de comer mantequilla. Me gusta, pero no sé por qué. Mantequilla en las tostadas, mantequilla con el bocadillo, mantequilla con los guisantes, mantequilla para freír los huevos, mantequilla para sodomizarte, mucha mantequilla. Estoy harto de tanta mantequilla, pero me gusta. Lo que no me gusta es que ya no me pueda ver la polla. Cuando me siento a cagar me gusta coger un espejito y mirármela. Se ve rara, parece la de otro, no parece mi polla, todo por culpa de la mantequilla. Mientras cagaba he empezado a jugar con ella, a tientas, a ciegas, sin verla. Me he masturbado y de un golpe he dejado caer el espejito y en mil pedazos ha quedado esparcido por el suelo. Ahora solo me la imagino. Ya no tengo espejito. Lo que sí tengo, y mucho, es mantequilla en el frigorífico. ¿Cuándo vendrás a mi casa a que te dé por el culo?. Tú si puedes ver mi picha, cuando me la chupas. ¿No te doy asco? Me alegra que me mientas. Quiero creerte, pero sé que mientes. A mí me doy asco, soy como la mantequilla, grasiento. Me gustaba mirármela con el espejito, ahora sólo me la puedes ver tú, hazme una foto. Así podré verme la polla siempre, pero será mi polla en ese preciso momento. A mí me gustaba mirármela con el espejito mientras estaba sentado en el water. Soy como un gordo ciego que no ve su cuerpo pero siente sus mollas y sabe cómo es su polla, aunque no la haya visto. Yo de pequeño podía vérmela, era pequeña, no tenía pelos. Ahora tiene pelos, no los veo, pero lo sé, cuando está dormida todavía sigue siendo pequeña. Cuando es grande me pide mantequilla, para que te dé por el culo, mi vida.
Estoy harto de tanta mantequilla, mantequilla para la ensalada, mantequilla en las pizzas, mantequilla en mi mirada. Ya no hay nada en mi vida salvo tu culo que rebosa mantequilla. ¿No te da asco mi polla embadurnada de manteca y mierda tuya? Yo ya estoy harto de tanta mantequilla y de no poder vérmela, ya sin mi espejito.
Hoy te voy a pedir el último favor: No vengas con más mantequilla a mi casa; he descubierto en el psicoanalista que cuando era pequeño, mis padres se divertían al verme comer y repelar los platos con mantequilla, los míos y los de los invitados, que la única atención que yo recibía era las risas de mis padres cuando yo comía. Por favor, si tú me quieres, no me traigas más mantequilla. Hoy voy a acabar con esta tortura, voy a poner fin a mi gordura o a mi vida. Te quiero.
P.D. Trae una cámara de fotos, y vaselina.
Arriba
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Nueces.
Antonio era un amante de la cerveza. La había tomado desde pequeño, y seguía tomándola de mayor. Para él la cerveza era como un zumo. Zumo de cebada, sí, zumo era la cerveza para Antonio. Un zumo fermentado que te ponía contento.
Nueces. No podía comer nueces, le producían alergia. Nunca le habían gustado enteramente pero al ser algo que no debía comer, lo tenía como la fruta prohibida que si la comes se te hinchan los ojos y te salen ronchas por todo el cuerpo. Pese a eso, alguna vez había comido media nuez. Le gustaba partirlas y sacar el cerebro entero que eran dos mitades que formaban dos cabezas. Media nuez, un cerebro. Una nuez, dos cerebros. Le gustaban las nueces pero no para comer, su sabor le desagradaba, pero le gustaba las nueces. Las partía, las pelaba y se las daba a los demás para que se las comieran. Pese a su sabor desagradable, le hubiera gustado poder comerlas tranquilamente, sin reacciones alérgicas. Se resignaba. Fruta prohibida, fruta deseada, aunque no te guste.
Una vez vio en la tele a un tipo partir nueces con el culo. Las ponía en el suelo, flexionaba las piernas de golpe y así, de cuclillas, le daba con el coxis y las desmenuzaba. Antonio no podía hacer esto, su barriga cervecera ni siquiera le dejaba atarse las cordoneras de los zapatos, por eso llevaba zapatos sin cordoneras, de esos que se ponen y se quitan fácilmente. Tanto trabajo le costaba flexionar su cuerpo para ponerse los zapatos que tenía que aguantar la respiración. Por eso no podía partir las nueces con el trasero, porque su culo nunca llegaba al suelo. Lo intentó y se le rompió el botón del pantalón y además casi se le sale la cerveza que acababa de beber.
Un día estaba borracho de cerveza, como no, y quiso explicar a sus amigos cómo el hombre de la tele partía las nueces. ¿Qué hizo? Tras advertir a sus amigos que no quería romper sus pantalones nuevos, unos levi´s 501 extragrandes del continente, se los quitó. Los calzoncillos de Antonio causaron una carcajada general entre todos los asistentes del espectáculo, un agujero de unos dos dedos entreveía una cueva negra, oscura, que coincidía en medio de la raja, de la raja del culo. Bueno, risas aparte, Antonio dio comienzo a la demostración de la actuación del showman televisivo. Colocó una nuez en el suelo, se situó matemáticamente en el punto idóneo para darle a la nuez con el coxis y en el culmen de las risas, Antonio se agachó velozmente, su culo en dirección a la nuez y de repente la nuez desapareció.
Antonio decía: "Tengo ganas de cagar", sus amigos sufrían de tanto reír.
-¿Y la nuez?-decía Antonio.
-¡Ja, ja, ja, ja...!-Respondían sus amigos.
Al día siguiente Antonio no recordaba nada, en cambio no entendía por qué le preguntaban si había cagado o no todavía. "¿Qué coño les importa si he cagado o no? Vaya una coña se llevan estos con el cagar mío", pensaba Antonio. "Y ¿Qué pasa con las nueces? Yo no le veo relación a las nueces con el cagar y todo eso", También pensaba Antonio.
Pero Antonio nunca cagó la nuez. La nuez se quedó dentro de su cuerpo, dentro de los intestinos hasta que un día, Antonio se rascó el culo y sintió una hebra. ¿Una pelotilla? Voy a lavarme los bajos, tengo carbonilla. Se lavó en el bidé y vio que lo que pensaba podía ser una pelotilla posiblemente serían hemorroides. Las empujó para dentro y fin del problema. Hasta que volvió a aparecer. Otra vez para dentro, pero esta vez sintió que la almorrana estaba mucho más dura y gruesa. No pensaba en ir al médico por el momento. No le molestaba en absoluto, simplemente sentía que tenía algo ahí, pero no era molesto. Lo dejó pasar.
Cada vez se sentía más lleno, pero no era como para ir al médico. Era parecido a tener un algo dentro. Antes se sentía solo, ahora se sentía acompañado y no sabía por qué, se sentía a gusto, como lleno. Plenitud.
Antonio murió, se lo encontraron muerto en su cama. Paro cardíaco, no se dio cuenta que moría, le pilló en pleno sueño nocturno. Una de esas cosas que pasan que no sabes cómo ocurren. Un día se va quien menos te esperas que se va a ir y ya está. De esas muertes que pasan y punto. Todos sus amigos fueron al entierro. No tenía familiares, sus amigos era todo lo que tenía, ni siquiera novia. El entierro fue una ceremonia típica y normal. Hay que ver quién pensaría que Antonio se iba a morir, era lo que más se decía en la ceremonia. Pero no todo en Antonio estaba muerto. Hoy hace quince años murió Antonio, en el mismo lugar en el que se encuentra el cuerpo de éste hombre, vive un hermoso nogal de quince años que recuerda a todos sus amigos que Antonio jamás llegó a cagar la nuez y que por eso murió.
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So danço Samba
Sintió una gran punzada en su estómago. Se dobló con un gesto de dolor, y en esta posición, con las manos en su estómago se juró que jamás tomaría esas pastillas otra vez. Esas pastillas que le creaban un estado de bondad, que siempre había buscado, bondad hacia todos los seres. Amor por los humanos, amor a las plantas y a los animales. Amaba el cielo que cubría su cabeza, pero ese dolor en el estómago le hacía olvidarse del amor que sentía por todo. Solamente existía el dolor. Tenía náuseas. Estaba asqueado de tanto amor derrochado, amor producido por unas pastillas. Ya no era capaz de dar amor por sí mismo. Su amor eran las pastillas. De repente una arcada y todo su amor se escapó por el largo del esófago hasta su boca. Sabor amargo. Su amor se encontraba ahora sobre las piedras del suelo. El dolor iba desapareciendo, así como el amor que sentía. Otra arcada, pero de allí no salió mas amor químico, sólo jugos gástricos. Amargo. Había olvidado cómo amar a las personas y a las plantas y a los animales. Su amor era artificial, pero intenso. Tanto había derrochado que no le quedaba nada que dar.
Ya no le quedaban pastillas, y en ese lugar apartado, era poco probable el llegar a conseguir más. Intentó lamer las piedras pero lo único que conseguía eran más arcadas y que le volviera el dolor de estómago. Ya no más pastillas por ahora. Sólo tengo que controlarme y cuando vuelva a la civilización, conseguir más.
Su mente se iba desvaneciendo, ya nada le parecía atractivo, nada le inspiraba amor. La sensación que le producían las pastillas era lo único que buscaba, y eran sólo éstas las que podían hacerle sentir así.
Un cuarto de coca era lo que le quedaba, buena sustitución de las pastillas, pero le ponía histérico. Era lo único que tenía. Era su única esperanza de volver a su ciudad dosificando por los kilómetros del camino raya a raya. Más pastillas era lo que quería.
Abrió la bolsita que tenía en el cenicero del coche y se preparó una raya. Mientras se iba haciendo el rulo con una entrada del concierto, se dio cuenta que no le quedaba tabaco ni dinero para comprar más. Iba a ser un viaje difícil. Todavía me queda medio depósito, creo que llegaré. Se metió la raya de un golpe y el resto lo guardó para lo que quedaba de viaje. No siento amor, pero estoy seguro de mí mismo, estoy a gusto. De repente otra arcada, sangre. No sé si me queda algo de alcohol. Una botella de whisky a medias, medio vacía y un cuarto menos una raya eran las provisiones para el viaje. El colocón bajó rápido, lo había vomitado casi todo. Otra raya y me voy para el trabajo.
Emprendió el viaje, a gusto. En la autovía era el coche más veloz, el más seguro.
Ningún coche podía con él, ni siquiera los camiones, que parecían débiles comparados con la seguridad y fortaleza de su coche. De repente un camión se puso a adelantar. Malditos camiones, lentos, torpes y pesados. Voy a darle una lección a ese camionero. Ahora sólo sentía odio, todo el amor se había transformado en odio.
De repente dejó de sentir odio, un calor agradable le recorría todo el cuerpo. Estaban parados. Había mucha gente alrededor y policías, bomberos. Lo único que pensaba era esconder la coca. Pero sus manos no respondían. No se podía mover. De repente volvió a sentir amor intenso. ¡Que buena que es esta coca!, menos mal que me queda más. Si no me la ven los civiles... Luz, todo era luz aunque era de noche. Estaba amaneciendo, era el renacer de un camionero.
-El camionero está vivo! ¡Moved esos hierros!
Arriba
Mimando el mundo
Ella me besa y me folla. Ella sólo me quiere para eso, yo la quiero para una relación, pero ella sólo me quiere para el sexo, porque sí, porque le pica el coño. Y sé que esto se va a acabar, justo en el momento en el que centre su atención en otro, o cuando se corra bien corrida y no quiera más. Aún así, sabiendo que me voy a perder unos buenos momentos de placer con mi querida e inseparable pilila, me voy a visitar al hermano de mi agujero, que está en Grecia. Un amigo común, del agujero y del hermano, me ha aconsejado que vaya a visitar a Phil Antuán, que es como se llama el hermano del agujero; no sé por qué pero hago caso de su consejo, necesito cambiar de aires, pero no caigo en que al común amigo también le hace falta hacer uso del agujero, por qué me voy a quejar de unos cuernos que no son míos, al fin y al cabo no estoy saliendo con ella, aunque me gustaría, sólo me la estoy follando, o mejor dicho: ella me está follando. Dejaremos que el común disfrute del agujero, y yo me iré a visitar a Phil Antuán a Grecia. Voy a visitarte, es que se viene una amiga mía, bueno, si vais a estar de parejita mejor me quedo aquí, no, no, no importa, haremos el viaje de vuelta a España en el coche. Un opel ascona, propiedad del común. Así que tras pelear con mi hermana para que me pagara el mes de trabajo repartiendo muebles en la furgoneta, consigo lo que quiero y compro un billete de ida de avión para Atenas, Grecia. Recuerdo cuando el común me decía que debía cambiar de aires, que lo mejor sería un buen viajecito para visitar a Philo; el común está bastante gordo y yo suelo estarlo también, pero no sabe nadie que he estado tomando la mitad de la medicación antipsicótica que me mantiene cuerdo y gordo, por los siglos de los siglos, así que un poco menos cuerdo, pero bastante más delgado que el común. Normalmente hay un sentimiento de camaradería entre los dos, uno gordo, el otro también, uno ecuatoriano, el otro español, los dos con el pelo largo, pero uno por indio y el otro por macarra; pero en el momento de conversación, me siento un poco más ligero que él, puesto que mi barriga casi ha desaparecido. Bueno, el caso es que me voy a Atenas en avión, voy a pasar unos días allí con el Philo y su amiga Lana, Lana Abedul. Durante el largo invierno hemos estado en contacto por e-mail, y ha hecho alarde de sus recién adquiridos dotes para el ligoteo y el fornicio, de grecias recias, relatándome situaciones eroticopornográficas, que más de una vez pusieron mi miembro como me lo ponía su hermana. Pero voy a renunciar a múltiples corridas por viajar, por viajar con una pareja, mi cuñado postizo y una novieta suya. Bueno, cosas más tontas he hecho, como fumar porros y meterme coca. No recuerdo nada peor, así que renunciar al placer de un agujero para disfrutar del placer del viajar se me antoja menos tonto, o al menos, menos peligroso para mi salud que fumar porros o jalar coca.
Como todo llega, también llegó el momento en el que tuve que coger el avión. Renuncié a llevar conmigo cualquier tipo de estupefacientes, más por miedo a los perros de la policía que a la policía misma, pues sin estos cánidos es incapaz de detectar el buen olor que desprende una piedra de polen cartagenero. Aunque, si me la meto por el culo bien liadita en papel albal...No, ya me he asegurado que tengan éstos una buena reserva de maría, maría griega, que ya la probara en semana santa cuando fui a visitar a Philo, junto con un amigo que tocaba la harmónica con el culo, una maría excelente, potente. Así que mejor no arriesgarse a poner a prueba el olfato de los cánidos de la policía y no llevar en el culo otra cosa que mierda, pelos y almorranas. El avión se coge en Alicante, y hacemos trasbordo en Barcelona, y justo llegamos al Aeródromo de la ciudad condal, cruzo la mirada con un gilipollas cuya cara me suena bastante. Tiene a una pija rubia comiéndole la oreja y hay mucha gente alrededor. Intento oír lo que dicen y caigo en que es muy probable que el pimpollo sea famoso, pero no caigo, ¡ya!, operación triunfo, uno que cantaba una canción de Stivie Wonder. El payo no deja de mirarme y me lanza una mirada de ésas de: envídiame. Y yo le lanzo una maldición gitana. ÿjala te de un dolor, que cuanto más corras más te duela y cuando te pares te mueras. Y me enciendo un chester porque un porro no puedo, no tengo y en el aeropuerto no debo. Miro por el monitor y van a empezar ya a abrir las puertas del avión con destino a Atenas. Subo a bordo del boeing y busco mi asiento y me siento. Empieza a llegar gente. De pronto un guiri me dice: That´s my seat. Tras comprobar que efectivamente tiene razón, me levanto de mi seat, abro el compartimento de arriba y cojo mi equipaje de mano, avanzo una fila de asientos, meto la bolsa arriba y me siento. A mi lado se sientan un par de mozas bien guapas, una a un lado y otra al otro lado, siento la mirada del guiri tras mi jeta, doliéndome de su envidia. El vuelo es agradable, la chavala que está a mi derecha, en el lado de la ventanilla, es americana, de Philadelphia, y yo le pregunto si han quitado ya el monumento a Rocky Balboa que hay a las puertas de la biblioteca pública de la ciudad, ella se queda asombrada de mis conocimientos y yo orgulloso de ellos. Nos sirven la comida y yo intento no comer como un cerdo, hay señoritas delante. Me lo como todo y me asombro que haya personas que se llenen con lo que sirven en los aviones. Las señoritas se dejan casi toda la comida, la de mi izquierda pide menú vegetariano y yo me pregunto si la abundante comida que se deja en el plato es debido a un empacho anoréxico o a su asquerosa apariencia. La de Philadelphia me ofrece su panecillo untado en mantequilla, le doy las muchas zenquius, pero no, tengo que cuidar la línea, además, miento, no tengo más hambre. Seguimos hablando, y la conversación se desvía hacia las drogas, tema interesante, que creo conocer bastante bien. Tras reconocer ante ella mi constante consumo de hachís, y esporádico de coca, ella me deja en mantilla tras reconocer con naturalidad y no sin cierto recelo, que ella le da a la heroína. Allí yo ya empiezo a marearme y le miro los brazos, y veo que a pesar de ser verano y hacer un calor de cojones, lleva manga larga, y empiezo a pensar en jeringuillas, hepatitis de todas las letras y sida. Entonces se me hace un nudo en la garganta y empiezo a ponerme torpe. Ella lo advierte y se lo toma con bastante naturalidad, como si ya estuviese acostumbrada a ello. Llegamos al aeropuerto de Atenas y recogemos las maletas. La de Philadelphia está un pijo de lejos, pero aún así cruzamos una mirada perdida. Qué gilipollas soy. Bueno, hay que coger un bus para Átika, paracaló. Philo debe estar esperándome en Sintagma, donde hacen guardia los guardias grecios. Pero yo llego allí y allí no hay nadie. Así que con pocas ganas de esperar y conociendo a mi amigo, este está hinchándose a follar con Lana o no se acuerda que he llegao, o no sé qué. Como ya estuve aquí en semana santa, todavía recuerdo el camino para plaza Exargia, que es donde tenía el piso mi amigo, que es la plaza de los yonkis de Atenas. En la puerta del piso me encuentro una nota:
Estoy en calle Notara.
Pues bien, y cómo encuentro una calle que ni siquiera sé cómo se lee. En la esquina hay una tienda de unos negros y le pregunto en inglés a uno de ellos: This street, you know where is it?, y el negro que parecía ser el más viejo, y el que me pareció que era el dueño de la tienda, me dice que es una calle paralela. A pos güeno. No se ha ido muy lejos, el caso es que yo llamo al timbre, y llamo a gritos, y no aparece nadie. Se oyen rísas de una grecia joven que le hizo gracia mi voz. Pos vale, yo tengo unas ganas increíbles de mear y no me atrevo a hacerlo en la calle por miedo a los polícios que ya nos conocían de la semana santa. Así que tras mucho pasear las maletas, con dolor en las plantas de los pies, en mi vejiga y en la cabeza, encuentro por fin una cabina telefónica que funciona, porque no lo he dicho, pero estaba buscando cabinas como loco y ninguna funcionaba. Así que cuando al fin se pone Phil Antuán, me cago en su puta estampa y en los granos de sus güevos. Donde cojones estás, te he estado buscando, ya, y donde estabas, he ido a Sintagma y no estabas, pues tú tampoco estabas, así que me vinío andando pa cá, anda cabrón, vente que estoy en la plaza exargia tomándome una cerveza, que necesito a alguien que me cuide las maletas pa irme a mear. Ya sé que si uno tiene ganas de mear lo mejor es no tomarse una cerveza, pero si no me pedía algo no me podía sentar en la terraza y tenía el cuerpo rendido.
Al rato veo aparecer un gitano con camiseta roja y pantalones hasta los tobillos, ambas prendas llenas de pegotes de pintura, haciendo alarde de su pertenencia al gremio de artistas, pintores por si no te habías dado cuenta. ¡Pedazo de cabrón!, ¡Acho!, ¡Andestabas!, y cómo tas sabío pedir una cerveza si tú no sabes hablar grecio, por que pa pedir lo que me interesa sí sé: ina bira, paracaló. Pose ine. Fjanistó. Toma llá. Venga, pídete una cerveza o lo que quieras que yo me voy a mear, guárdame las maletas. El orinar con ganas es mejor que cualquier polvo, pero no mejor que un buen polvo con ganas, debo reconocer, aunque en este momento no cambiaría el chorro que sale de mí por nada del mundo. Vuelvo a fuera y ahí está el Philo con su bira, con su sonrisa de oreja en oreja y yo me alegro de volver a verle. Acabamos la cerveza y le digo: Anda, vámos pal piso que estoy que me fumo. Entramos al piso y comenzamos a subir las escaleras y de pronto baja una hembra bien morena. Estudiamos nuestras caras, nuestras almas, examen aprobado por el momento. ¿Juan?, Lana, sí, ¡hola!, hola, encantado, esta es Lana, yo soy Juan, Macolla para los amigos, que a más es mi apellido. Me agradó que no hiciera bromas con mi apellido, eso probaba su nobleza. Cualquiera que me hiciera la broma me demostraba su falta de originalidad, al menos yo le hacía saber que no era el primero en pensar en rimar mi nombre, por si se sentía original. Con Lana me abstuve de incidir en su falta de originalidad pues ella se abstuvo de jugar con mi miembro. Empezamos bien. La casa, el piso, bonito, decorado de una manera...interesante, fruto de la convivencia de Lana, arquitecta, y un escultor homosexual. Bueno, dónde están los porros. Hacía tiempo que no fumaba, desde ayer. Esto le hace correrse a un muerto. Cenamos, nos estudiamos y parecimos formar un buen trío. Tú dormirás en esta habitación, donde el gay, que se encontraba de visita a sus padres. Bonito piso. Encantado de conocerte, Lana. Al comienzo, siempre se siente uno incómodo, pero Lana intentó que me sintiera lo menos posible. Salimos a cenar souvlaki, yo lo quiero megaló, que es lo más grande, y me comí dos. Luego a la vuelta, a dormir. No me quise acostar en la cama del gay por si se quedaba demasiado impregnada de mi olor a gitano, y esperando que estuviera de vuelta, opté por acostarme en el suelo, sobre una estera blanda. Buenas noches follarines, buenas noches Juan.
Tras el dolor de espalda de la mañana siguiente, debido claramente a haber dormido sobre el suelo y tras el comentario de Phil, un tanto despectivo, chacho qué hacer durmiendo nel suelo, cambié de opinión y decidí dejar un poco de olor a macho calé en la cama de este buen hombre gay escultor. La cuestión no es que le desagradara el olor, sino más bien que le gustara demasiado. Mucho le debió gustar la olor a este buen hombre pues tras nuestra partida y dormir otra vez en su cama, con una olor que le ponía descompuesto el aparato de mear y el esfínter, nos comunicó Lana que se lo encontró en la cama bastante rígido, postmortem. Mi hermana me ha dicho más de una vez que huelo mucho a hombre (entre nosotros me dice a guarro) pero nunca imaginé que mi olor pudiera ocasionar la muerte de un homosexual. El caso es que ésto fue una sorpresa para nosotros, y un hecho desagradable para Lana, la razón de su muerte fue desconocida, pero yo se la atribuyo a mi fuerte olor masculino, ¿qué otra cosa pudo haberle ocurrido?, un varón de treinta años, sano, sanísimo, muere por causas desconocidas. Mi olor crea adicción, y me imagino al buen hombre en su cama, cada día se olía un poco menos a mí, hasta que la olor fue desapareciendo o él dejó de olerla y se quedó pajarico. Nunca he comentado esto con nadie, pero estoy tan convencido que lo mató mi olor como que me gusta comerme los mocos. El caso es que esto ocurrió cuando termina esta historia y Lana volvió a Atenas en avión y se lo encontró allí, rígido, como una momia, embalsamado en mi olor. Por tanto, ignorando lo que podría pasar, yo seguí durmiendo en esa cama, noche tras noche, hasta salir en el opel ascona hacia España. La cama era como la del osito pequeño, ni muy blanda, ni muy dura, tenía el colchón idóneo para un ser de mi peso. En el cabecero tenía un adorno, como una cúpula, de una tela roja aterciopelada, que le daba un aire todavía más gay a la habitación. En una esquina había una foto del propietario de la cama en la que aparecía desnudo y con unas alas de ángel. Entonces llegué a reconocerlo. Este tío lo conocí en semana santa, en el bar de los erasmus españoles. Recuerdo que estaba hablando con una guiri en inglés, y al ver a un ser tan parecido al caballero de la mano en el pecho de Velázquez hablando el inglés de esa manera tan particular, me santigüé, y di un suspiro profundo. Entonces oí a la joven guiri preguntarle a este ser alado sobre la religiosidad aún permaneciendo en la cultura española. Entonces el caballero de la mano en el pecho le aclaró que no fue tan religioso el gesto como sarcástico. Y aunque yo en ciertos momentos me santiguo de esa manera, ante hechos que me desbordan el alma, he de reconocer que no le faltaba razón al ángel de la mano en el pecho, así que me ruboricé y escondí la mirada en mi barriga.
Una vez que me encontraba en Grecia no podía desperdiciar la ocasión e hincharme a comer yogurt, feta y frappé. El yogurt y el queso feta es típico de Grecia como lo son los toros de España, pero el frappé, que, a saber, es una especie de café espumoso que se toma frío, se remonta a los tiempos de cuando empezó la tele en color, y todo se debe a un anuncio comercial de nestlé en el que salía un negro que anunciaba con una canción con mucho ritmo, el nuevo frappé de nestlé, y ponle ritmo; recuerdo que decía más o menos la canción. Estos anuncios fueron emitidos, por lo visto, por toda Europa, y en ningún otro país como Grecia tuvo tanta repercusión como para que se hiciera bebida nacional. Así que nestlé contribuyó a hacer del frappé una atracción de Grecia, como no, hinchándose un poquito más los bolsillos (el frappé no nos lo servían gratis). El caso es que cada vez que bajábamos a la calle, no podía pasar sin tomarme un frappé glicós megala, que no es otra cosa que un frappé con azúcar y leche condensada. Creo que desde esos viajes, empecé yo a notar una cierta adicción a la cafeína.
Los días pasaban y la parejita tenía muchas ganas de ir a la playa. Los porros menguaban, quedaban los justos como para que empezáramos a plantearnos iniciar el viaje de vuelta a España. Tantas ganas tenían ellos de ir a la playa y tantas lagrimitas brotaron en los ojos negros de la morena que tuvimos que ir a la playa. La playa no era playa, sino acantilado pedregoso, bolsas, latas, condones y piezas metálicas adornaban el bello paisaje como alguna vez lo adornaran en las playas españolas en su tiempo. Bajamos hasta el nivel del mar, nos pusimos en unas rocas y me percaté que allí todo el mundo estaba desnudo y que sólo había machos, exceptuando a la morena que ya venía con nosotros. Me deshice de mis ropas de mala gana, mas que por quedarme desnudo por si mi apéndice se ponía en posición eréctil ante un bello bosque de olor a hembra, pero ante la abundancia de rabos, puse mi culo contra las rocas, bien a salvo, y mi apéndice se quedó mortecino, como asustado del tamaño de los otros apéndices que más que apéndices eran rabos de demonios. Intenté no mirar mucho a Lana más por respeto a mi amigo que a ella, y nos bañamos, y tomamos el sol, y comimos unas pastas dulces con zumo caliente de piña, hasta que a la parejita le pareció bien, folló como pudo en alta mar y decidimos marcharnos de vuelta a Atenas.
Los días pasaron como pasan las agujas del reloj, tic, tac, tic, tac, simplemente pasaron, porque estuvimos allí una semana y no hicimos otra cosa más que fumar porros, dibujar, ver vídeos, unos fornicar y otros hacerse pajas en la ducha. Así que decidimos iniciar el viaje de vuelta a España. Saldríamos por la mañana, pero conociendo a mi amigo, no me sorprendió que lo hiciéramos después de la hora de comer, claro que, sin haber comido.
Arriba
Mimando el mundo (segunda parte)
En el comienzo del viaje disfrutamos de la conducción de Phil Antuán por la destartalada Atenas. Un revoltijo de calles, un puzzle de carreteras y laberinto de casas, edificios de los sesenta y muchos, muchos coches, apelotonados, los unos con los otros. Una carrera como la de los sanfermines pero en la que corrían, en vez de a pie, en auto. Llegamos a la autovía, que sería lo único del camino hasta llegar a Italia que se llamaba así y realmente parecía. Lo digo porque al salir del extrarradio de Atenas circulamos por autovías y, o los planos mentían, o estábamos gilipollas, pero te digo que una autovía en Bulgaria, la antigua Yugoslavia o en el interior de Grecia, no es otra cosa que una carretera nacional de las nuestras de España, con dos carriles, uno pa venir y otro pa ir, en la que se circula por la cuneta y los vehículos rápidos van por el centro de la carretera. Es decir, los del Este hacen una carretera normal, le pintan las rayas, se pasan las rayas por debajo de los cojones y les llaman autovías, y en los mapas van marcadas como autovías. Al salir de Atenas cogí el coche y me daba la sensación que suele dar cuando vas circulando tranquilamente por la carretera y te ves venir en contra a dos coches adelantando. Pero no una vez, ni dos. Todo el camino. Y claro, allí donde fueres, haz lo que vieres, por lo que le tomé el gusto a ese modo de conducir y hasta pensé que en España también podíamos aprender a circular como ellos. Para agilizar el tráfico. Pero ya no pienso eso. Llevo en España ya un tiempo y me he recivilizado.
Cuando ya llevábamos un buen trecho, vimos un cartel que anunciaba playa. Salimos de la "autovía" y bajamos una cuesta en la que habían coches a uno y otro lado, grecios playeros que estaban haciendo lo que se merecían, disfrutar de su playa, que pa eso tienen. Buen baño, buen baño tenía ese agua, después de meternos en un agujero que había en un túnel del ferrocarril para fumarnos el último porro, lo mejor que nos podía pasar era disfrutar de ese agua cojonuda. Baño relajante, hacer el muerto sobre un agua fresquita, que no helada, tranquila como una sopa de aceite y con poca gente. Madre mía, no recuerdo baño tan bueno en mis años de playa. Después de la relajación, secaíto de cuerpo y frappé glicós megala pal cuerpo, fresquito, como el agua. Lana hace fotos con la cámara que su padre reconstruyó. Me hace una foto en la que seguro estoy muy guapo que jamás ví, pero lo intuyo. Cosas de narcisistas. Y Phil sentado al otro lado de la mesa haciendo no recuerdo qué.
Recogemos las pocas cosas que teníamos y volvemos a la carretera hasta que llegamos a Salónica que es como Barcelona para España, donde los salónicos son personas normales en oposición a la soberbia de los atenienses, que por ser de la capital les pasa lo que a los madrileños, que son unos chulos y unos insoportables (que me perdonen mis amigos de Madrid). En Salónica la gente era amable y era un amor, daba gusto ir por allí. Hasta la policía era amable, pues con nuestras pintas no nos salvamos de que una pareja de guardias nos pararan a los dos amigos que íbamos tranquilamente paseando por una plaza repleta de transeúntes. No ese despotismo de los guardias átikos que de chulos parecían tontos, rozando lo cómico. Lana se había quedado en el hotel, en el que el recepcionista nos tomó a los dos machos como hermanos, por lo que tras pedirle el carnet a Phil y señalar que no era necesario que enseñara el mío pues se veía que éramos hermanos, tras una mirada cómplice y de risa, me abstuve de enseñar mi documentación. Posiblemente Lana estaría pasando una de sus múltiples rabietas lloronas con las que nos adornó todo el viaje. Y es que claro, Phil es un tocacojones y le busca y encuentra las cosquillas a todo el mundo. Razón por la que una vez, al menos que yo sepa, le dieron una paliza y lo dejaron medio muerto en medio de una calle de Valencia. Pero esto fue posterior y no tiene nada que ver con esta historia. Bueno, después de enseñar nuestra documentación a los guardias y despedirnos educadamente, tal y como ellos hicieron, fuimos a tomar nuestra ración de cafeína y nicotina, a un bar del paseo marítimo, el que nos pareció menos pijo. Allí tuvimos una conversación agradable que me hizo sentir más unido a mi amigo, aunque años más tarde me dieran ganas de hacerle lo que le hicieron en Valencia. De vuelta del café, me encapriché con comprarme unas sandalias de cuero, pero las que había en las tiendas ya me las podía comprar yo donde se compraba las zapatillas mi abuela, por lo que me calmé el capricho con un golden virginia liado.
Ya pocas cosas podíamos hacer allí en Salónica, por lo que retomamos la marcha tras convencer a Lana para que continuara el viaje con nosotros. Unos pocos kilómetros y llegamos a la frontera con Bulgaria. Para entrar al país no nos pusieron mucho impedimento, eso sí, nos hicieron pagar una tasa por los días que estuviéramos en él. Tan sólo dos días, pues nuestra intención no era quedarnos mucho tiempo en ese país mierdoso en el que la carretera, o autovía, como ellos tienen la poca vergüenza de llamarle, era más o menos buena, es decir, no tenía casi baches, pero era gracioso, llegábamos a una población y automáticamente pasábamos de un asfalto más o menos aceptable (no para una autovía) a un camino semiterroso, mitad asfaltado y mitad lleno de baches y socavones. Había muchas plantaciones de tabaco y muchas casas tenían colgando las hojas en sus tejados para secarlas. Cuando llevábamos ya un buen trecho paramos en un casón viejo para cenar (que era la única comida del día). El casón era mitad casa, mitad garage y mitad restaurante, en el que nos sirvieron una comida riquísima y donde nos clavaron bien clavados, y donde no nos aceptaron su moneda. Euros, contantes y sonantes, nada de la mierdosa moneda nacional. Me sentí como un estadounidense en Vietnam, pagando en dólares. Tras la indigestión acaecida por el cambio brusco de modales de la búlgara que no quería aceptar el dinero que habíamos cambiado en la aduana, le pagamos en euros y nos fuimos con la sensación de haber sido estafados. El estofado, o como se llamara lo que nos puso estaba bueno, pero su hospitalidad nada tenía que ver con la de los españoles, que es gratuita, constante y no se termina cuando se les ha pagado la deuda. Cuando intentamos subir al coche la llave no giraba, y qué curioso que se nos estropeara la cerradura allí donde el único taller era el del marido de la cocinera. Pensé mal y supuse que nos habían jodido la cerradura a propósito, sobre todo cuando después de repararla con un destornillador el hombre nos cobró, como no, unos cuantos euros. Así que teníamos un fajo de billetes de mierda que no valían una mierda, en un país de mierda, que no querían otra cosa que euros. Claro, eso los civiles, que nos tomaban por europeos ricos, porque la policía nos tomaba por moros, turcos, gitanos o yo qué sé, porque nos puteaban como querían, nos trataban como a lo que abundaba en su país: mierda. Después de conducir un rato llegamos a Sofía, la capital de Bulgaria, sobre un suelo adoquinado que revelaba su existencia bajo nosotros por el traquetear del coche, coño, que me picaban los brazos de coger el volante. Aparcamos el coche donde pudimos y fuimos de un lado para otro buscando un hotel que no fuera el Palace, o el Excell, o ninguno de ésos a los que iban los ricachones y los turistas americanos que venían a éste país para regocijarse de lo bien que viven en los Estados Unidos y no en ese país de mierda que viven como en el tercer mundo, que es donde estábamos. Después de ver unos cuantos hoteles, como ellos tenían la valentía de llamarles, encontramos uno que parecía bueno, barato y además tenía habitación libre, y bueno, donde podíamos aparcar el coche. Una vez de noche, nos fuimos a tomar algo por ahí y encontramos una especie de bar en el que habían unos búlgaros, seguramente vecinos del barrio, que iban un poco borrachos. En realidad no nos dimos cuenta que estaban borrachos hasta que vimos uno gordo que se desplomó y cayó redondo al suelo. Así que me levanté y fui a socorrerlo, a levantarlo. Acostumbrado a levantar tresillos y sofás y subirlos a sextos y octavos sin ascensor, levantar al gordo era como llevarle las bolsas a mi madre después de comprar en la carnicería. Era buena gente, amable, pero no sabíamos qué coño decían. Nos despedimos y volvimos al hotel a dormir. Esa noche no sé si me tomé la medicación, creo que no, con el jaleo del viaje, si ya estaba tomándome la mitad de las pastillas, empecé a dejar de tomarlas y a olvidarme de ellas. Cosa muy peligrosa pues estaba en juego mi salud mental, que como más adelante se podrá comprobar, quedó muy mal parada. Pero lo gracioso es que pese a mis advertencias de mi pérdida de juicio a Phil y a Lana, ellos pensaban que eso era normal en mí, además me incentivaban para que no tomara las pastillas pues decían que me sentaban mal. Y no era que me sentaran mal, es que yo estaba mal, y mi mal estado no se debía a la ingestión de las pastillas sino a que me encontraba totalmente fuera de juicio. Pero claro, esto no ocurrió de un día para otro. Fue gradual. Si yo dejé de tomar la medicación cuando iniciamos el viaje, fui volviéndome loco, poco a poco, como dice la canción, conforme nos acercábamos a España, a causa de la carencia de ésta, y no como decía Phil, por la creciente cercanía a mi familia.
Al día siguiente fuimos al mercado, que de cochambroso y destartalado me gustaba. Había un hombre haciendo carne de hamburguesas de yo qué sé, y comimos de éso. Seguimos por el mercado y pedimos unas tortas que parecían napolitanas pero en vez de estar rellenas de crema o chocolate llevaban un queso que olía como la habitación del hotel donde nos hospedábamos cuando nos quitábamos los zapatos. Estaban buenas las tortas. Vimos a mucha gente tomando una especie de batido marrón, que se lo tomaban con mucho gusto, así que viendo Phil esto, no se pudo contener y compró un bote grande. Probó un trago y le pregunté si estaba bueno. A ver déjame a mí probar. Era una especie de vómito con grumos o comida regurgitada que me dió bastante asco. Le hice saber mi parecer a Phil, pero aún así tuvo la valentía de seguir bebiendo del mejunje. Al haber empleado yo la palabra vómito, y debido a su tan parecido color, olor y sabor, después de un gran trago, tras varias arcadas, Phil expulsó de su estómago el gran trago y todo lo que habíamos comido antes. Todo eso en medio de la gente. Y yo me partía el culo.
En una de ésas ocasiones en la que Lana no se encontraba con nosotros, fuimos a una tienda árabe a comprar una pipa de agua o narguillé, o sisa o como se llame. Los moros nos hablaban en moro y no entendían cómo dos moros como nosotros no hablaran moro, pero cómo íbamos a hacerles saber a ellos que nosotros no éramos moros. Ni turcos, ni gitanos. Así que Phil compró su pipa por un precio irrisorio y un tabaco con sabor a plátano, sabor que elegí yo porque me gusta. Pasamos el día no recuerdo como, y por la noche fumamos el tabaco de plátano en la pipa y vimos una película pirata de Woody Allen que Phil compró en el mercadillo en el ordenador portátil de Lana. Por la mañana me desperté porque me tiré un pedo y porque se olía mucha peste en la habitación. Seguí durmiendo débilmente, y ví que Phil también se tiraba peos. Lana estaba en medio de los dos sufriendo el continuo bombardeo de los extremos. Daba asco estar en esa habitación, en la que se olía a una mezcla de plátano podrido y mierda. Tras abrir las ventanas y airear la habitación, que daba asco estar allí, recogimos todos los cachibaches y tomamos piola hacia el siguiente país, la antigua Yugoslavia.
Iba conduciendo el querido hermano del agujero comunitario, día lluvioso, mucho tráfico y al salir de la capital vimos que había una gran cola de automóviles. Le sugerí que se mantuviera en la cola, pues me olía algo, no sé qué. Pero acostumbrados a circular dos filas de coches por un mismo carril, y por la ausencia de autos en el centro de la carretera y masificada cola por el arcén, Phil pisó el acelerador y empezó a pasar coches alegremente. Al final de la cola, en el lado opuesto de la carretera, había un destartalado coche de la polizei búlgara, que andaba parando a la gente. Yo me eché las manos a la cabeza y los guardias levantaron las manos: nene, párate aquí mismo, pedaso de cobarde. Phil detuvo el Opel ascona y tuvo una maravillosa conversación con los polizios que muy amistosamente le sellaron en el pasaporte una multa, en la que lo peor no era importe, serían los problemas que más adelante, en la frontera, nos traerían la maravillosa multa que el magnífico conductor obtuvo por ganar tiempo. Un absurdo minuto que se convertiría en varias horas de retraso, penurias y puteo por parte de los hijos de puta de los policías de ese cabronítico y mierdoso país.
Tras un tiempo conduciendo llegamos a la frontera. Dios mío, le tenía miedo a las fronteras. Aunque no llevábamos ninguna sustancia ilegal, yo lo pasaba muy mal con los policías, que parecían perros atados rabiosos, deseosos de querer jodernos, multarnos y meter a los españolitos en situaciones incómodas, por no la cárcel que era lo que me rondaba la cabeza o entre dos países perdidos a la buena de Dios en medio de la triste, lejana y perdida Europa del este. Yo creo que no se creían que tres cachos de carne, morenos como los moros o los gitanos, en ese coche piojoso, fueran realmente tres españoles, pues veías que venían mercedes, audis, volvos y pedazos de cochazos, con matrículas alemanas, francesas y de países de la Europa occidental, cargadas de maletas y cachibaches, como nosotros, conducidas por familias de árabes, que seguramente venían de Turquía, de visitar a sus familias, y volvían a su país de residencia donde vivían como inmigrantes; y veían a tres jóvenes que eran iguales que todos los moros que llegaban, y que además su coche era mucho peor, y vestían como pobres, pensarían que éramos la escoria de los moros. Allí me dí cuenta que los únicos que sabían que no éramos moros, fuimos nosotros y los mismos moros, pero la policía nos metió a todos en el mismo saco. Llegamos a la caseta del policía, donde paramos el coche, y con muy malos modales, el cabrón del policio se quedó con los tres pasaportes y nos dijo que teníamos que pagar un seguro para circular en el país. Pero si nosotros ya tenemos seguro. Pero na, mejor hacerle caso que parecía tener muy pocas ganas de hacer amigos. Tuvimos que aparcar el coche entre los dos países. Pagamos la multa, que yo creo que el policía se mosqueó porque la vió. Y fuimos a una oficina cochambrosa, con una mesa en la que sólo había una vieja máquina de escribir y un tío que tenía una pinta de estafador que no podía con ella. El buen hombre nos llevó al banco donde cambiamos cien euros y nos dieron un fajo bien gordo de billetes, de los cuales sólo nos quedamos con dos, porque el resto se lo llevó ese buen hombre, que cada vez me daba más la impresión de que estaba compinchado con el cabrón del policía. Fuimos a hablar con nuestro amigo el policía, y no quería saber nada de nosotros, no sabía nada de nuestros pasaportes, y para hacernos sentir mejor, nos gritó en un idioma que ni su puta madre sabía lo que decía y nos enseñó su arma reglamentaria. Ante tal demostración de amistad, a mí me daban ganas de llorar, porque nos pusieron juntos con tos los moros, que como nosotros, estaban esperando que les devolvieran los pasaportes. ÿstos estaban encima de una mesa en la que habrían unos doscientos o trescientos, tantos como moros había esperando. Dos horas llevábamos ahí, oliendo los peos que se tiraban los cabrones de los moros, porque sabían que nosotros no lo éramos, y los hijos de sus buenas madres de los policías que no querían saber nada de nosotros.
Lloroso como estaba, me fui a hablar con un policía que parecía menos agresivo y en el mejor y más educado inglés que pude hablar, le hice saber de nuestra situación, que éramos españoles y que estábamos jodidos. El buen hombre me dió un estufido medio cariñoso. Como era policía tenía que hablarme mal. Y gracias a la bondad de este buen hombre pudimos recuperar nuestros pasaportes y reanudamos nuestra marcha en la que si ya me había cagado bastante en to el cuerpo de policía, la benemérita y tos los cuerpos de seguridad, aún hoy en día, cuando voy al wáter, me acuerdo de ellos y de todos aquellos que se ponen un uniforme y se transforman como se transformaba el de viernes trece cuando se ponía la careta.
Arriba
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No es lo mismo
Tengo dos cosas en la cabeza, pelo y carne. El pelo es todo igual, en cambio la carne..., la carne es de muchos tipos. No es lo mismo la carne de mis ojos que la carne de mi cerebro (aunque son parecidas) y no son iguales la carne de mis orejas con la de mi nariz (aunque se parecen). En cuanto al pelo, hay más similitud. Pero no es lo mismo el pelo de mi cabeza y el de mi barba, aunque este último se parece más al pelo de mis genitales. Los que sí se parecen son los pelos de las cejas y los de las pestañas, pero si me tuviera que quedar con un pelo, elegiría el de la barba y si tuviera que elegir una carne me quedaría con la de mis ojos.
"¿Y por qué no eliges el pelo de tus pestañas, que es más bonito que el de tu barba, que parece un coño?", diría mi hermana; pues por eso, le contestaría yo, porque parece un coño.
Los coños se parecen a mi boca cuando estoy acostado de lado sobre mi cama. Mis labios son sus labios y mi lengua es mi lengua, la que humedece mi coño. Tengo un coño en la boca y cuando lo lavo huele a dentífrico, si no, huele a tabaco. Hay mujeres que fuman por ahí, yo lo he visto en internet. ¿Por qué mi coño no debería también fumar?.
Me imagino que mi coño es menos apetecible para los hombres que un coño de verdad, pero créeme, me da igual. A mí me gusta mirarme al espejo, poner la cabeza inclinada a un lado y sacar un poco la lengua. Me tiro las horas muertas, hasta que me duele el cuello y le pido a tu hermana que me enseñe el coño. Me gusta mirarlo, pero prefiero ver mi propio coño. Da más pie a la imaginación. Es como cuando ves los viernes por la noche el canal + codificado.
Mucha gente me ha preguntado por qué llevo barba. Seguramente será por timidez, o por imagen. Si alguna vez me he afeitado, vuelvo a mirarme en el espejo, cabeza inclinada y los labios apretados. ¡Dios mío! maldita la vez en que mi hermana me dijo que mi barba parecía un coño, he dejado de tener boca para comer con el coño, besar con el coño, hablar por el coño y vomitar por el coño.
Ha llegado el invierno y siempre llevo bufanda, no vaya a ser que me resfríe por el coño. Hoy he pedido cita con el ginecólogo y me ha mandado al dentista, pero ¡por Dios! ¿Cómo se me ha podido ir la cabeza así? Tras la cita con el dentista, me ha aconsejado ir a un psicólogo, yo le he dicho que sí. De vuelta a mi casa me he tomado un helado con mucho disimulo, ¡he pasado una vergüenza!
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Hoy me he despertado a las ocho, lo sé porque he mirado el despertador que hay al lado de mi cama, en mi mesilla. Pero he pensado que para qué levantarse tan temprano, y además un domingo. Luego he abierto los ojos a las once, después a las doce y cuando he mirado el reloj a las una, me he tirado una hora para decidir levantarme.
Se dice que siempre se sueña por las noches, lo que pasa es que se nos olvidan los sueños. Yo he soñado varios capítulos. Los de las ocho no los recuerdo. Los de la una los recuerdo mejor, pero conforme voy intentando recordar los de las doce y los de las once, me resultan cada vez más confusos.
He soñado aventuras, de como despistábamos a un policía que quería chulearnos y lo entreteníamos para luego escapar delante de sus narices. No sé por qué nos ha parado. Íbamos en coche. Se le habría subido el uniforme a la cabeza.
Luego me he levantado y he visto cómo la cocina se prendía fuego ella solita. Sueños y más sueños. Ahora escribo esto y sé que no es un sueño, pero lo que hago es transmitir mis sueños al papel. ¿Dejan ya de ser sueños por estar escritos? quizás sí, pues al solidificarlos con la tinta, dejan de estar en mi subconsciente para pasar a la conciencia universal. Dentro del universo de unas pocas personas que lo van a leer. Que se lo voy a mandar por internet o que les voy a "obligar" a leer. ¿Para qué? ¿Para que me digan lo bien que escribo? ¿Para que piensen, o yo crea que piensen, que son gilipolleces? ¿genialidades? Todo esto no es otra cosa más que pajas que yo me hago. Son pajas porque me da placer leerlas y releerlas una y otra vez. Es como hacerse una paja mirándose al espejo. ¿Es que sólo son sueños los que tenemos por las noches? Yo ahora mismo estoy soñando, sueño despierto y sueño dentro de mis sueños. Intento masturbarme pero jamás lo consigo. Me despierto en medio de la noche, con una gran erección y me masturbo con los ojos cerrados. Doy el acto por imposible y me baja la erección y me pongo a dormir. Ya no tengo sueños eróticos. Bueno, sí los tengo pero me despierto en lo mejor.
Es como cuando alguna vez, en mi vieja época, soñaba que me metía coca. Despertaba antes de que me subiera. No puedo sentir los placeres dormido. No disfruto de los placeres físicos en sueños, pero vuelo. Creía que ya no volaba, que se ma había pasado esa época, pero recuperada mi memoria, ya recuerdo al menos dos veces que he volado. En una me follé un buitre y conseguí volar y la otra que recuerdo ha sido esta noche, volando por la ciudad, a gran velocidad a bordo de un turbo coche. Quizás se me esté acabando la época de volar, ya tengo edad. ¿Por qué? pues porque antes podía volar sin necesidad de follarme un buitre o tener que pilotar un coche volador.
Arriba
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Perico estaba allí, subido en el camión del Josele "el nene", se encontraba en el puesto del conductor, con miedo se subió Carlos. Interviús por toda la cabina, cajas de puros y botellas de agua vacías. En el puesto del conductor, Perico era el niño más felíz de toda la Tierra. Cuando de súbito, muy rápidamente se centró su mente y su atención en un botón de metal que había en el suelo. Mejor no lo tocaré, ¿Cómo que no? Perico apretó con todas sus fuerzas y se oyó un soplido como de presión hidráulica, muy fuerte. Y así de fuerte fue el chufinazo de adrenalina que le recorrió por todo el cuerpo al pobre niño. Con muchas ganas de llorar, pero aguantándoselas para que no lo viera Carlos, se bajó del camión del nene y se fueron hacia los paquetes de maderas. Después del susto le dieron ganas de cagar y se subió a un montón de madera apilada y entre los dos montones dejó caer una lluvia de mierda como un goteo brutal que cae en pegotes compactos muy alargados que se rompían aleatoriamente a lo largo de toda su longitud asombrosa. Como un mago que saca un pañuelo interminable de su boca.
Carlos tuvo justo el tiempo necesario para apartarse con un rápido salto hacia atrás no impidiendo que sus zapatos se mancharan por unos pocos salpicones. Pocos por compararlos con los que cayeron a todos los montones de madera que rodeaban el culo de Perico.
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Hay, Julianito, cuantas veces te he visto andando por tu calle con los ojos colorados, con la cara ensimismada, con la mente en ninguna parte, bien loco, bien puesto, bien fumado. Julianito, tú que hacías sufrir a tu madre, que salías bien de noche por aquellos lugares, que sacabas la moto, a las dos de la madrugada y oía a tu padre gritarte: ¡A dónde vas! Y tú cogías y te ibas ignorando las palabras de tu padre. Intentando ignorar su sufrimiento, pero tú también sufrías. Tú también sufrías, cabrón. Y tu madre lloraba, tú no, pero lo hacías por dentro. Por dentro tu corazón lloraba y lloraba tu cuerpo, tu cara y tus ojos rojos.
Cuántos porros nos habremos fumado en la puerta de la iglesia. Cuantas perrerías le habremos hecho a los perros, a las chavalas, a tu hermana. ¿Y el cura?, ¿te acuerdas cómo nos miraba?, pero seguramente de lo que no te acordarás es de su cara, de cómo te miraba, porque tú estabas siempre fumado y siempre mirabas pa bajo. Qué cabrón, siempre fumado, pero las cosas cambiaron y nos separamos. Yo ya no fumaba, mis padres nunca sufrieron, pero tú sí que seguías. Les seguías haciendo sufrir, y tú sufrías con ellos. Luego te metiste con cosas más gordas, y venga paseos en moto. Y tu padre no se daba cuenta, luego volvías con el rabo entre las piernas, sin hacer ruido. Aquí no ha pasado nada, pero ellos estaban preocupados. A tí no te gustaba eso, cabrón, a tus padres les gustaba menos que a tí. ¿Cuanto dinero te habrás gastado en toda esa mierda? y cuántas horas habrá dormido tu madre soñando contigo, pesadillas, qué digo pesadillas, ella vivía una pesadilla, una pesadilla continua, en la que su hijo, que era lo que más quería, que eras tú, estaba acabando con su vida, metiéndose cada vez en un pozo más profundo, más profundo cada vez. Y tú te dabas cuenta. Yo ya no era tu amigo. Perdiste muchos amigos y ganaste otros muchos, pero los que ganaste eran mierda. Todos putos yonkis, todos unos hijos de puta que sólo querían sacarte los cuartos. Meterse de tu mierda y darte mierda cuando te faltara, alejarte cada vez más de tu familia. Tu madre se hizo más vieja, se le arrugaron los ojos de verte así y se le partió el corazón. ¿Cuántas veces habrás salido en tu moto a pillar de noche? y todas, toditas las noches tus padres se daban cuenta de lo que hacías, aunque tú pensaras que no, aunque tú quisieras creer que no se daban cuenta, aunque sólo fuera para sufrir un poco menos, porque tú también sufrías, cabrón; por eso mísmo dejaste toda esa mierda, te costó trabajo, pero compensa. Lo que no compensa es volver a todo ese infierno del que saliste, te da miedo. Y eso es lo que le pasa a tu madre, que tiene miedo de que vuelvas, por eso no te tienes que sorprender que tu madre te haya esperado esta noche despierta cuando has salido a las dos de la madrugada con tu moto, aunque sólo hubiera sido para comprar tabaco.
Arriba
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descripción (autorretrato)
Santa maría, madre de deu, ting fam, molta fam, masa fam. No te das cuenta, si no lo has notado ya, que me alegraba de verte con solo mirarte. Si ya tan solo con ver tu cara reluciente, resplandeciente de alegría, se me iluminaba la mía y luz entraba en mi corazón. Desde siempre sonriente, desde siempre elegante, bueno. De listo ya sabes y de tonto también. De alegre, siempre. Tan solo faltó que empezaras a hacerte un hombre para que se borrara de tu cara esa expresión de alegría, que se te rompiera el corazón. Mas pese a eso y a todo, tienes un gran corazón, un corazón de león, de elefante, de dios. Tan solo faltó que te hicieras un hombre, para que aprendieras a sufrir, como sufren las mujeres y en tu fortaleza, supieras que eras débil, aunque no sepas lo fuerte que eres. Que eres fuerte, aunque tú digas que no lo eres, quizás por eso lo eres, eres fuerte, eres débil, eres fuerte, muy sensible. Que no confundan la sensibilidad con la debilidad, que sensibles son las narices de los tiburones y cuán fuertes son sus mandíbulas, qué potentes, pero qué sensibles son sus narices, sensibles como tus labios, tus dedos, tus ojos, que a la vez miran con amor, como pueden congelar como medusa con su mirada convertía en piedra a los que se atrevían u osaban a ser observados con esos ojos que a la vez amaban, a la vez mataban.
Tu cara es de persona, mas tu apariencia es difuminada, unas veces moro, otras veces gitano, rumano, turco y murciano. Cartagenero a mucha honra, mas de todo español, y más que más que nada, persona.
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Cebollino era un niño que con mucho arte y no menos disimulo, se metía almendras por el culo. Con mucha sorpresa, la picha se le ponía tiesa y ninguno de estos frutos, frutos secos que eran, salían otra vez pa fuera, pa fuera de su culo. Luego le decía a su madre que cagaba mierdas con pinticas blancas. ¿Y qué será lo que tendrá mi hijo, que caga mierdas con manchas claras?, cebollino no sabía, pero mayor era la ignorancia de su madre, que tras llevarlo al doctor y tras examinar el excremento del niño, al final pensó, quizás como una remota idea, pero no menos cierta, y le preguntó: nene, ¿es que te metes almendras por el culo?, Cebollino, que era muy cebollino, se puso colorado y su madre luego de camino, de vuelta a casa, le daba palos a Cebollino, mientras le decía marrano, cochino. Era un buen crío el Cebollino pero jamás se le volvió a ocurrir meterse tales cosas por detrás, quizás un dedo, un lápiz o una goma de borrar, cualquier cosa que más tarde pudiera recobrar. Y tras la reprimenda de la madre cogió esto con cierta culpabilidad y siempre lo hacía a escondidas: ¿qué haces tanto rato en el aseo, Cebollino?, nada mamá, tan solo cagar y mear; pues sal ya que mucho rato me paice que estás ya. Cebollino se sacaba del culo el dedo y se lo lavaba con jabón, mucha agua y un baño de colonia. ¿No me habrá salido maricón este hijo mío? pensaba la madre de Cebollino, que preocupada, más que por ella o su hijo, lo estaba por su marido Jesús, un camionero de abasto, de los que conducen y nunca dan a basto, siempre conduciendo, por Galicia, Cataluña, Francia y Bélgica y nunca estaba en casa. Como se entere mi marido, que el crío no es macho, ¿que le va a hacer? Lo que no sabía Francisca es que su Jesús no era tan macho, que tenía de hembra, que también sentía placer por el culo. Y todo empezó por los putiferios, esos de carretera, de los que abundan para los camioneros. Un día subió con una puta al catre, se puso caliente, el buen Jesús, que sorprendido por el rabo de la puta, no le importó lo que se sentía al ser penetrado, tal como un cuchillo se hunde en una sandía. Jesús era muy hombre, pues tan sólo le gustaban las mujeres, pero qué mas le daba si descubrió que había placer en el culo ¿o a tí no te da gusto cuando cagas?
La pobre Francisca estaba bien asustada, por lo que pudiera hacer el bruto de su marido, por enterarse de los placeres de su hijo, de meterse cosas por el culo. ¿Qué habré hecho yo para merecer esto? ¿por qué yo? ¿por qué me tiene que tocar a mí, el tener un hijo maricón? Y la cosa era que no era más importante que el niño fuera maricón o no, la cosa era que el hijo, siendo tan solo un niño, descubriera tan fácilmente lo que el padre tardó en descubrir tan tardíamente. Que cagar bien pa fuera, da mas gusto que comer y que te den por el culo es como cagar duro pa dentro. Y como dicen los moros, el culo es un agujero y da lo mismo en el cuerpo que esté, lo importante es que da gusto. Y si no que se lo pregunten al Cebollino o a su padre el camionero.
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Atrás
Las cebollas, las cebollas, blancas, con sus capas, envueltas, con ganas de llorar, de cortarlas. Cortando cebollas y llorando de broma, se reía y seguía cortando cebolla. De pronto, el aceite ya está listo y chisporrotea en la sartén un poco más líquido. La cebolla está bien cortada en anillos, anillos de cebolla que te hace llorar. Y un salpicón ardiente, es la sartén que recibe la cebolla y un bufir de hirviente aceite, burbujas y espuma caliente. Quién metiera el dedo ahí, para hervir su sangre y cauterizar una herida que no existe. El aceite está caliente, muy caliente y la cebolla está a punto de dorarse, es que el aceite está hirviendo y aunque está muy caliente, el bufir ha disminuido pero la cebolla sigue cocinándose, mejor sacarla, ahora que está dorada, mucho mejor que sacarla quemada.
Las patatas, suaves tubérculos amarillentos crujientes, cortados en taquitos, alargados, para hacer patatas fritas, french fries, francesas fritas, chips, chaps, chups, chops, cataplóps, el aceite sigue hirviendo y todas las patatas se zambullen en la sopa hirviente oleaginosa y se fríen. Las patatas se fríen, chips, chaps, chups, chops, las patatas se fríen y no les he hechado la sal, pero a mí más igual me da, pues prefiero sazonar, las patatas chi |