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Rafa Martín
Spain, Barcelona

Words: 702
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CAMBIO CLIMÁTICO

Karl Gunner llegó a casa congelado pero contento. Igual que en los últimos años, el verano parecía interminable, el calor recocía el breve otoño y casi se plantaba en Navidad. El frío venía de golpe, húmedo y polar, y Karl encendía por fin la calefacción, planchaba la ropa de invierno y sacaba aprisa del trastero los adornos festivos: el abeto de plástico, de perenne verdor, bolas y guirnaldas oro, ristras de luz multicolor; pero, sobre todo, el añorado pesebre y su fantástica colección de figurillas.
Colocó la mesa plegable en su rincón escogido y se entretuvo con el río, los pescadores, las piedras y el aserrín, el terreno adecuado del molino, distribuyó el centenar de palmeras, todas distintas, y los pastores, los que adoraban, hasta llegar al nacimiento, en cerámica y madera artesanal; luego los reyes magos, que este año serían con montura, más logrados que los de ofrenda. Quedaron las cajas vacías, y el paisaje dispuesto para las luces, pero le dio la sensación de que todavía faltaba un elemento. Contemplaría la bella maqueta, y entonces descubriría el error, ¿con una taza de chocolate?

Estrenó el paquete de polvo a granel, y lo añadió a la leche caliente. Las dudas en cuanto a si estaba en buen estado se disiparon a medida que removía y aspiraba el aroma. Se sentó en un puf frente al belén y saboreó el brebaje amargo y picante. Era el cacao criollo que le vendió una vieja indígena, las últimas vacaciones de casado. Visitaban unas ruinas en Villahermosa, en Tabasco, y Magda, fiel a su vocación de bruja, se empeñó en complacer a la anciana. Ésta los enredó hasta su casa-tenducha y, por los gestos y cuatro palabras en español, entendieron que su producto resucitaba matrimonios apáticos. Pero a la vuelta olvidaron comprobarlo.
Dejó a un lado aquel desvío y se centró en las figuritas. Del centenar que inventarió no faltaba ninguna y, sin embargo... Con energías renovadas se enfrascó en el trastero, por si acaso, y cuando terminó de trajinar dentro percibió que sudaba. Se quitó ropa, pero tras un rato de recuperar el aliento, no era suficiente. Echó un vistazo a la calefacción, pues llevaba un año parada y quizá con desajustes. En la caldera se oía un ruido sordo que sonaba tlactla-tlactla. Se asustó y decidió apagarla, el bochorno era insoportable.
La temperatura continuó en alza y también ese rumor, como un chasquido, a pesar de haber parado el sistema. Poco después saltó el diferencial, y se quedó a oscuras. Karl se paseó desnudo por la casa en un intento desesperado por abrir ventanas o puertas. Los cierres se habían derretido, también los pomos, el teléfono y los cables eléctricos. Los grifos eran géiseres ardientes en retorcida humareda, y sólo le quedó como refugió la cada vez más tibia nevera. Deseaba gritar, pero le faltaban el aire y las fuerzas. ¿Había un incendio ahí fuera? ¿Era quizá una alucinación, una pesadilla?
Una puñalada en el vientre lo arrastró hasta la taza del váter. Mientras se vaciaba de forma interminable sintió que tal vez fuera culpa del chocolate, y aunque el dolor se diluía, quedó inmóvil, los ojos en blanco cocidos como su cuerpo, que tomaba tintes de barro rojizo. El sopor lo postró bajo una lluvia cálida en la noche, herido y sin rumbo por la selva, zan ye ilhuice mopitza, aocmo huel ceuh, huel tlatlac.
Las luces navideñas relumbraban por todas partes, pero se quedó prendada de la exquisitez y variedad que había en la bombonería: una pirámide de trufas doradas, lenguas de gato con naranja confitada, carquinyolis de cobertura, catanias y tabletas de moka, y los turrones más surtidos de Gràcia. Magda renunció a la golosa vitrina cuando descubrió las tradicionales figuras de caganers en chocolate. Le recordaban tanto a su ex-marido, tan aficionado a los belenes... Qué sería de él.

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